Muchas
veces, la rutina hace parecer que nuestras vidas se mantengan estáticas y que
no haya acción realizable que nos pueda sacar de ese círculo vicioso que nos envuelve
cada día, muchas veces nos dedicamos a andar rodeados de nuestros propios
pensamientos y no logramos percibir cuando se nos viene encima un
acontecimiento que nos planta de nuevo en tierra y que nos hace despertar.
La sensación
es tan fuerte como un par de cachetadas aplicadas en tu rostro mientras
duermes; sea como fuere, muchas veces esa sensación nos resulta agradable
después de todo, otras no tanto, en fin, todo depende de la suerte que nos
toque a cada uno.
Quise
escribir sobre esto ayer, pero estaba tan alterado que no sabía por dónde
empezar, las ideas solo daban vueltas en mi cabeza y se mezclaban, chocaban y
se separaban una y otra vez… aquello en mi tiene un nombre: adrenalina, y me
cuesta pensar que es precisamente en esos momentos en los que me comporto del
modo más humanamente razonable… cosas de la vida dicen por allí.
Y sucedió
así:
Todo
amenazaba con que mi miércoles, fuera un día completamente normal: temprano,
por la mañana, el ansiolítico me jugó nuevamente una mala pasada, me quedé
dormido y por consiguiente, llegué tarde al trabajo, algo ya usual. Mi jefa me
llamó diciendo que estaba varada en Cajamarca y que no podía regresar, así que
mi día transcurrió tranquilo entre contestar llamadas de teléfono y resolver
asuntos diarios en la oficina, repito, algo usual.
Al mediodía
fui a la universidad a contactarme con mi asesor de tesis, quien otorgó un poco
de luz en el tenebroso camino de aquello que llamamos “investigación científica”;
una novedad que sería bien recibida de no ser porque desde hace algunos meses
el tema de la tesis fuese una piedra en el zapato presente en mi día a día, ya
saben, de ello depende mi título.
Ya de
regreso en el trabajo, por la tarde, la rutina continuó, el teléfono continuó
sonando, los correos seguían llegando y fue entonces cuando decidí romper mi
rutina… se supondría que tenía una reunión a las siete de la noche con un grupo
de compañeros con los cuales se viene cocinando un proyecto, a veces a fuego
lento, a veces a fuego moderado, casi nunca rápido. Decidí trabajar con ellos
lo más rápido posible y luego salir a conversar o a tomar un café, en fin,
tenía planeado que mi día termine con una noche amena y agradable.
A las
siete de la noche estuve en el sitio de reunión acordado, esperándolos, y luego
de unos minutos de espera y de algunas llamadas, llegué a la conclusión de que
la reunión no se realizaría, que seguíamos cocinándonos a fuego lento, ni modo
me dije, tendría que adelantar mi café.
Al momento
de llamar a la persona con la que quería tomar mi café y conversar me dijo que
no estaba segura de salir, que de hacerlo vería el modo de comunicarse conmigo.
No sonó muy convincente así que me desilusioné, me dije a mí mismo “Que demonios,
este día no tenía nada de especial, así que no tendría que ser diferente” y me
dispuse a regresar caminando a casa, pensando, en todo lo que me había pasado
durante el día, en la rutina y en la alarmante tranquilidad con lo que todo
pasa en mi vida ultimamente; pensaba en que muchas veces estar alejado de todo
lo conocido de este mundo tenía sus ventajas, pero que en momentos como el que
estaba pasando siempre caía bien alguien con quien compartir un café, un par de
palabras o un cigarrillo…
Y vino,
ella, la maldita, la que se encarga de malograr mis días más tranquilos y
destruir los pequeños chispazos de felicidad con los que cuento esporádicamente:
La depresión. Por más absurdo que pueda parecer, el camino de regreso a casa se
me hizo largo y se me llenó de pensamientos negativos: después de mucho tiempo renegué
de la soledad que había traído hacia mí voluntariamente, de mi actitud de alejar
de mí a la gente que quiero y estimo, solo por darme el gusto de sentirme
libre, renegué de todo ello y de miles cosas más: del clima, de la coyuntura
política, todo mientras caminaba hacia casa, estaba a tres cuadras de llegar a
mi destino, cuando un grito me sacó de mi cavilación:
-
¡Suelta Todo!
-
¿Qué?
-
¡Que sueltes todo carajo!
Sentí
que alguien me dobló el brazo y me sujetó fuertemente por la espalda, mientras
que la persona que me habló al inicio me apuntaba en el cuello con algo que no
logré identificar. De más está decir que en ese momento los insultos y amenazas
fueron los únicos elementos que rodearon mi universo cercano, así como la
fuerza con la que fui despojado de mis pertenencias.
Solo
fueron algunos segundos, que se hicieron muy largos, al final, un empujón, mi cuerpo
cayendo sobre la pared y las dos personas huyeron con rumbo desconocido…
Me quedé
inmóvil por un momento, asustado, sin pensar y sintiendo como, poco a poco, la
sangre volvía a transitar por mi cuerpo de modo normal. Pensé en todo lo que
había estado pensando antes de que sucedieran los hechos y de repente me empecé
a reír… choros hijos de puta.
…
Sin
querer, gracias a esos indeseables, mi rutina cambió, terminé mi noche
corriendo de un banco a otro bloqueando mis tarjetas y poniendo una denuncia en
una comisaría… cosas de la vida.

4 comentarios:
Sin duda fue un dia de miércoles. Si no lo dije antes t lo digo ahora, ser libre no significa alejar a los que quieres sino compartir con ellos esos momentos bonitos y ser feliz con ellos, asi como tb puedes ser feliz y libre contigo mismo, tu solito y con los demas. Y cuidat muchos pes amigo recuerda q hay muchos q t queremos y nos preocupamos x ti. Ya para navidad t cae de regalo la billetera nueva :)
Chócala???
Gracias Julissa, eres lo máximo!!!
Te la choco Fatima!!!
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