martes, 21 de julio de 2009

Ah Habías sido Tú


No me explico cómo es que llegué hasta aquí, perdido entre papeles viejos y poemas románticos, desesperado y esparcido por mil y un polvorientos recovecos, sentado entre las rosas que corté en la mañana y que ya se marchitaron.

Entiendo que es una tarde especial y que la última hora fue la más intensa que haya disfrutado en mi vida y que ahora en la soledad oscura del desván contemplo los últimos rayos que el sol ofrece antes de irse a descansar.

Empiezo a dormitarme mientras mi mente hace lo suyo y vuelve a divagar por caminos inconclusos y me pierdo en mi mismo, tratando de rescatar cada una de las partículas de vida sueltas en el ambiente.

Poco a poco vuelvo a la realidad y a recuperarme del trance de hace pocos minutos, las golondrinas han empezado a bailar su danza crepuscular, unos chillidos agudos y débiles me recuerdan la presencia de murciélagos muy cerca y de repente siento el cosquilleo de una rosa que es arrastrada por mi tronco… ah habías sido tú.

“Dormiste mucho”, dices a media voz, y lentamente te empiezas a recoger en mis brazos apoyándote en mi pecho, la rosa ahora descansa en mi rostro y no puedo evitar estornudar, ríes, te arrinconas aún mas, jalo la sábana de mi mueble de tres patas que uso para escapar del mundo y me abrigo con el, de paso también te abrigo a ti.

“¿No dices nada?” tu mirada busca la mía, ansiosa, y yo no puedo hacer otra cosa mas que refunfuñar un no, suspiras y miras al vacío “no importa” dices y contemplas la rosa, la única que sobrevivió a la debacle que desatamos, sus hermanas están descuartizadas y regadas por el piso.

“Es hora de irte” mis palabras suenan como un iceberg y cortan el ambiente como una daga de doble filo “es tarde, preguntarán por ti” prosigo y sin decir más me levanto y me quedo sentado mirando al suelo.

“Mierda, pensé que eras diferente” dices y te cambias presurosa, buscas desesperada tu zapato izquierdo y cuando al fin lo encuentras sales casi corriendo y cierras la puerta del desván con tanta furia que la casa tembló toda.

Me acerco al mueble y saco de él los cigarrillos de rigor, enciendo uno y me echo de nuevo a mirar al cielo que ya está oscuro y que muestra sus primeras estrellas; uno, dos, tres cigarrillos y no puedo apagar esta angustia interior, empiezo a desesperarme y mi cerebro empieza a llamar al orden pero ya es tarde, uno a uno los demonios de mi alma me atacan y no puedo resistirme a la sensación de hundirme en el vacío, los recuerdos de esa tarde empiezan a circundar por mi mente.

Una oleada de culpabilidad me asalta y te empiezo a extrañar, la crueldad no tiene motivo en mi, solo es usual, solo existe y no puedo escapar de ella; las primeras lágrimas empiezan a brotar mientras mis labios pronuncian lo impronunciable… ah habías sido tu.

EL CAFÉ DE LAS CINCO


Ocurrió mientras tomaba el café de las cinco, estaba sentado en una mesa de aquella cafetería, situada en medio de una avenida gris y ruidosa donde varias almas perdidas se citaban a toda hora para darse un respiro y darse cuenta de que no estaban solas en el mundo, una de esas almas, la mía, estaba allí, sola, disfrutando de aquel rápido café amargo que me traía de nuevo a la realidad luego de un día común y corriente para después empezar mi rutina nocturna de encuentros y desencuentros que terminaban sacrosantamente a la medianoche, hora en la que me recogía en ese oscuro y derruido cuartucho de quinta categoría que mi casi inexistente sueldo podría pagar.
Me disponía a agradecer y escapar del momento para sumergirme en mi rutina diaria cuando un inesperado brillo proveniente de unos lentes oscuros captó mi atención, fue la primera vez en que la vi: esa tarde la vi cruzar la calle con ese divertido gorro verde limón y la flor roja en él, me llamó la atención la libertad con la que andaba: el cabello largo, suelto y rebelde que se movía al compás del viento crepuscular, los lentes del sol que ocultaban su mirada profunda de la banalidad mundana, su típica vestimenta multicolor y ese caminar rápido y sigiloso, parecía que no tocaba el suelo, parecía volar.
Me quedé sólo por verla, compré un diario y pedí otro café, supuse que en esa noche las cosas empezarían tarde, yo quería retrasarlas, y esa era la ocasión perfecta, era una señal, no había duda.
Abrió la puerta de la cafetería al momento que encendía mi primer cigarrillo y tomó asiento al lado de la entrada, dos mesas delante que la mía, se sacó el gorro y los lentes y tuve la certeza de tener frente a mí a una especie de ángel, su sola presencia me arrebató de repente y entré en un trance extraño: era como si tuviera una visión de esas que nos enmudecen y nos dejan marcados para siempre.
Rostro trigueño y cabello oscuro, ojos claros y nariz pequeña, labios gruesos y rojos, estatura regular en un cuerpo agradable a la vista y una expresión de extravío y soledad armónicamente combinadas con un brillo casi celestial en esa mirada, la mas linda que haya visto en mi vida; falda larga y multicolor, lo mismo que la blusa y el chal.
Pidió un café cargado y sacó una cajetilla de cigarrillos de canela junto con un libro de pasta verde, y se dispuso a leer, a desprenderse de este mundo cruel y despiadado que oculta al ojo humano tan valioso tesoro, no habría terminado la primera hoja del libro (moría por saber cuál era) cuando su mirada se posó en la mía, y me quedé pasmado: sólo fueron unos segundos, dos o tres, y se sonrió, mi corazón empezó a dar saltos, tuve que aspirar una bocanada de nicotina para frenar ese torbellino que se estaba formando en mi cabeza.
¡Concéntrate! ¡Qué no sepa que la estás mirando! Veamos que dice esta edición, el gobierno con el nuevo tratado de libre comercio con Groenlandia, ¡Caray!, aún no aprendemos y seguimos vendiendo nuestro país al mejor postor, esta vez le tocó a los pingüinos, a las ballenas y a las focas, bien por ellos que les aproveche, pero leer mas de lo mismo es aburrido, no pude resistir la tentación y bajé el diario, el mozo me dio mi segunda taza de café con unos pastelillos calientes “cortesía de la casa”, me dijo y se fue a la mesa de ella.
Nuestras miradas de volvieron a encontrar y yo inmediatamente huí con la mía y con mi curiosidad, la volví a mirar y ella se dio cuenta fijó en mí una mirada coqueta y luego la bajó hacia su regazo donde una sonrisa se volvió a dibujar en sus labios, la muy maldita ¿Era posible? ¿Acaso coqueteaba conmigo? Sólo éramos dos en esa cafetería de paredes color pastel y no había nadie más a quien ella estuviera mirando, confundido y nervioso busqué su mirada de nuevo y le regalé una sonrisa.
Ella dejó el libro sobre la mesa, luego el bolso y después todo lo que tenía en el regazo y se levantó, hubo un arañazo en mi pecho; dio un paso, dos, (oh Dios mío tengo que ir al baño) y lentamente se empezó a acercar hacia mí; sentí que empezaba a flotar (y sólo eran las cinco y media), mi corazón empezó a sincronizar sus latidos con el sonido de los pasos que daba, no es que la cafetería sea grande, lo era el momento, hasta que llegó, recuerdo estar con la boca abierta cuando su petición sonó en mi cerebro y un terremoto me sacudió desde la punta de los pies a la coronilla de la cabeza.
- ¿Tienes fuego?, preguntó
Y yo no supe que hacer.