Y de repente ya no hubo mas ropa volando por el aire, la habitación se llenó de una especie de calma inquietante que descendía hacia el piso y se perdía en él, dispersándose por las paredes y saliendo por la ventana tratando de escapar de la catástrofe desatada minutos antes. Estaba parado, jadeante, frente a la cama, mirando a su víctima ensangrentada, contando los minutos que le faltaban para que dieran las nueve, podía sentir el tic tac del reloj como una constante amenaza de que nunca sonaría el gong de aquel viejo cómplice, anunciando la hora de partida.
Suda frío por un momento y luego se calma, se acerca a la ventana y mira a la calle, todo está oscuro, el corte de energía eléctrica ha ennegrecido todo, incluso su consciencia y sus recuerdos, toma el maletín preparándose para la huida y se seca el sudor que marca el contorno de su rostro con la manga de la camisa, suena el gong, pero él no lo escucha, se acerca a la cama, se sienta y toma el frío pie del cuerpo desnudo, preso de una rigidez mortal, y como un último homenaje lo besa, un suspiro y una lágrima, eso es todo, levanta el maletín y se levanta él también, camina lentamente y se dirige a la puerta del dormitorio, abre la puerta y un relámpago seguido de un trueno alumbra por un momento el resultado del paso del mortífero torbellino de pasión dejado en la habitación.
Baja las escaleras con cuidado de no tropezar y lo logra, sonríe para sí mismo y toma la dirección de la cocina, entra y se dirige al refrigerador, saca una caja de leche y se la toma a grandes sorbos, termina, la deja en la mesa y sale dejando abierta la puerta del artefacto.
Atraviesa la sala y abre la puerta a la calle, la lluvia ya está cayendo, entra de nuevo, toma un paraguas del armario y se dispone a salir.
Camina solo, por la pista de aquella negra calle, ningún carro, ningún ruido, camina y camina, sin pensar en nada, sintiendo uno a uno el avanzar de sus pasos que se pierden en el universo vacío y enmudecido de sus pensamientos, espera un momento, duda, y suspirando de nuevo sigue su ruta hacia donde lo lleve el destino.
La electricidad regresa, el ya ha caminado varias cuadras, algunos gatos empapados se le cruzan, aterrorizados por el constante trepidar del cielo y por la continua caída del agua. Un auto cruza la avenida, muy cerca de donde está el, pero él no tiene miedo, no se oculta, solo camina por la línea amarilla del centro de la pista, pasa sin preocupación por un semáforo que reinicia su monótona labor y sin pensarlo más continúa su camino por aquellas calles de faroles soñolientos y rimbombantes.
La suerte no pudo serle más propicia, seguía solo, ya ha llegado a su destino, pero no hay nada, ni un solo tren, ni una sola persona, solo el viento y el olor a humedad que la lluvia ha dejado a su paso, los susurros de los fantasmas del lugar se sienten muy cerca, le hablan, el no escucha, sólo se ríe deleitándose con los últimos momentos, deleitándose con el cuerpo de su víctima y con el sabor dulce de su sangre, un sonido de una ambulancia lejana lo saca de su laguna mental y una última vez mira el reloj: las diez, otea el aire, siente el viento, hay alguien más, y está cerca, vuelve a otear, es una mujer con aroma de jazmines, en fin, el siguiente tren del sureste viene a las doce, así que aún hay tiempo para una siguiente víctima, se levanta y se dirige hacia donde lo lleva el olor de la sangre fresca.
lunes, 21 de septiembre de 2009
LA COMPAÑÍA FERROVIARIA DEL SURESTE

¿Alguna vez has viajado en la Compañía Ferroviaria del Sureste? ¿No?, bueno, la verdad no te has perdido de nada, pues poca gente viaja hacia esos pueblos, son pueblos olvidados dicen, estancados en su época, los pocos que fueron y lograron regresar cuentan que viajar hacia ese lugar es como viajar a un museo de historia de la humanidad, cada pueblo vive según una época determinada, estancados en el tiempo, tan solos, pero sin embargo dicen que es increíble ver a los niños jugar libres por las plazas y a los enamorados regalándose flores, se han visto estanques llenos de peces dorados y bosques enormes con unos árboles tan grandes que uno solo puede ser una mansión; pero como te dije no nos perdemos de nada, nuestro mundo es mejor ¿Verdad que lo es? Tenemos todo a nuestro alcance, somos felices, de eso no nos cabe duda.
Una vez me senté en la calle, esa que está llena de autos apurados por llegar a su destino, me senté a contemplar ese espectáculo alegre… ¡Hay tanta vida en esa calle! Y me percaté que cerca, a mis espaldas, había un hombre ciego, de esos que vuelven feo nuestro bello paisaje, y lo miré, y mientras me preguntaba cómo es que había llegado el hacia allí, el suspiró y me habló con su voz ronca, casi sepulcral: “¿Puedo ayudarte?” yo reí, ¿Cómo es que un sucio e indigente ciego podría ayudarme?
La pregunta sonó casi a burla, bueno era una burla: ¿Cómo llegaste a ser ciego?, y luego solté una conjetura muy profunda: “de seguro nunca has visto nada interesante, sabes viejo, este mundo tiene mucho de bello y que pena que no hayas visto nada de él”.
Esta vez el que rió fue él: “He visto mucho más que tú jovencito, he viajado hasta en Sureste”, no lo pude evitar, carcajeé estrepitosamente: “Dime anciano, ¿Qué viste cuando viajaste a la nada?”, el hombre se acomodó en su montón de cartones viejos y luego se suspirar empezó a hablar:
“Cuando tenía tu edad alguien dejó bajo mi puerta un boleto amarillo que me invitaba a un viaje desconocido, algo que cambiaría mi vida para siempre decía, lo dudé por varios días y luego me decidí debido a circunstancias que ahora he olvidado, así que fui y subí a un vagón vacío, me dio la bienvenida un payaso muy triste que me acompañó hasta que tomé siento, luego se detuvo en el pasadizo e hizo un número de malabares con unos discos naranjas, luego bajó y con él la puerta se cerró al tiempo que el tren dio sus trepidaciones finales y empezó a andar.
Lo que dice la gente es verdad chico, aquella tarde, mientras fumaba cigarrillos, veía por la ventana como una película pasaba ante mis ojos, era la historia de la humanidad, vi a todos los grandes momentos de nuestra historia pasar ante mis ojos, en medio de los estremecimientos que generaba en mí la emoción y el miedo de descubrir lo desconocido, me preguntaba si en esos lugares podría encontrar a los personajes que siempre quise conocer ¿Te imaginas? Julio César, Jesucristo, Napoleón y a todos aquellos de los que se nos ha hablado hasta el hartazgo, pero no, el vehículo no se detuvo y continuó su marcha hasta que llegué a un lugar bastante extraño, el pueblo se llamaba Modernidad.
Habría viajado por más de cinco horas ininterrumpidas hasta que el tren repentinamente se detuvo, la puerta se abrió, el payaso volvió a aparecer con su sonrisa triste y su traje de arlequín y quitándose el ridículo sombrero me dijo: “Llegamos, aquí baja usted”.
“¿Qué es este lugar?”, pregunté asustado mientras bajaba y contemplaba aquel paisaje estremecedor, a lo que el hombre de la falsa sonrisa me dijo con lástima:
- Es el pueblo hacia donde tenías que venir.
- Pero aquí no hay nada, sólo estatuas, están como petrificadas, ¿Quien hizo este espectáculo tan horrendo?
- El tiempo- dijo el payaso, con aire despreocupado – seré tu guía, el tren volverá al caer la tarde, hay una historia que explica la razón de esto, todo tiene una razón, todo tendrá una maldita razón.
Me sentí muy asustado por lo que estaba viendo mientras caminaba: era una ciudad muy parecida a mía, pero todo estaba fijo e inamovible, como si hubieras puesto pausa a una película, esas estatuas eran tan reales… ¿Qué significaba todo eso?
- Yo te lo contaré- dijo el payaso – hay una historia que debes conocer.
- No estaba hablando, ¿Cómo? ¿Escuchas lo que pienso?
- Hay tanto silencio es este lugar, que cualquier cosa puede ser escuchada… Hemos llegado.
- ¿Qué es este lugar?
- Es Columbus
- ¿Quién?
- Siéntate ya te lo contaré…
Me senté en una piedra, en realidad el lugar era un viejo campanario, tan negro y tan mustio que parecía un esqueleto, pero era muy alto, tan imponente como diez iglesias superpuestas una encima de la otra…
- Cuando fue creado, Columbus fue el orgullo de la ciudad- empezó a contar el payaso- era tan alto que para subir a la cima se necesitaba una mañana entera, ya sabes, él era sólo una de esas cosas que el hombre construye para vanagloriarse de su grandeza, en fin, el estaba orgulloso de sí mismo también y cada hora hacía tañer sus campanas las cuales resonaban en todo el Sureste…
- ¿Cómo? ¿Tenía personalidad?
- Cállate y no interrumpas- gruñó el hombre mientras se bajaba el sombrero y lo arrugaba entre sus manos- Era real, como todas las cosas del mundo, como todas las cosas que existen y que alguna vez existieron aquí.
Toda la ciudad estaba orgullosa de él, decían que era lo mejor que el hombre había hecho en toda su historia y se felicitaban los unos a los otros como lo habría hecho cualquier hombre común y corriente ante cualquier objeto que hubiera podido aumentar su ego, pero como también pasan la mayoría de veces, el campanario dejó de ser la novedad y así pasaron los años y los que lo vieron erigirse en medio de la ciudad murieron, siguieron sus hijos, los nietos y así tres generaciones, las cuales sólo daban importancia al campanario por los avisos horarios que les servían para mejorar la organización de sus actividades.
Columbus envejeció entonces con el tiempo y, solo y olvidado, empezó a morir, sus campanas eran agónicas y lúgubres e hicieron que la ciudad entera se disgustara con tan oscuros tañidos.
Hasta que una tarde de otoño, llegó hacia él una paloma perdida, había volado horas enteras buscando a su bandada pero el día estaba llegando a su fin, desesperada y triste se acurrucó cerca a uno de los aleros de la torre, al lado de la campana y allí paso la noche.
Al día siguiente, el ave salió a buscar a su grupo de nuevo y no los volvió a encontrar, fue entonces cuando se decidió a quedarse en el campanario con la esperanza de que volvieran a buscarla, se alimentó y regresó con una rama de olivo en el pico y empezó a hacer un nido, volaba todas las mañanas y regresaba al mediodía para escuchar las campanadas que para ella eran una fiesta.
Columbus y la paloma se enamoraron, el no dejaba de contar las horas que faltaban para que llegue el mediodía, y tocaba las campanas de la manera más alegre jamás concebida, por la tarde la paloma se acomodaba en su nido, exhausta, y junto a él contemplaban en atardecer, momento en el cual las campanadas sonaban como arrullos hasta que finalmente la paloma dormía.
Fue así todo el otoño, vieron a los árboles quedarse sin hojas y al viento llevárselas hacia el horizonte, vieron ponerse gris al cielo y vieron caer los primeros copos de nieve: había llegado el invierno.
Fueron meses difíciles, la paloma volaba y volaba y no encontraba alimento ni hojas para reforzar su nido así que pronto cayó enferma de muerte, Columbus la arrulló y la arrulló hasta que el débil hilo que sostenía su vida, sus vidas, se rompió.
Un crujido sonó desde lo más profundo de la torre y se expandió por toda la ciudad, era mediodía, sólo sonó una campanada, tristísima, eterna, aguda y fastidiosa para la ciudad entera, Columbus decía adiós también.
La ciudad no lo comprendió y muy incómodos por el insoportable sonido decidieron derribarlo, cueste lo que cueste, lo planearon para el amanecer, pero cuando el sol declinaba, Columbus dejó de tocar y con él, la ciudad se detuvo, para siempre.
- ¿Qué era Columbus?- no podía aguantar más, tenía que preguntar.
- El corazón de la ciudad- contestó el payaso – ya es hora, debemos irnos.
Nos levantamos y mientras caminábamos hacia la estación, el payaso me contó que la historia de nuestra ciudad era nuestra historia y que debía encontrar al corazón de mi ciudad y salvar a lo que lo mantenía vivo, ¿Cómo? Aquello era tan extraño e irracional que no me imaginaba que realmente tuviera sentido.
Al llegar el tren subí apesadumbrado ¿Qué habría intentado decirme el payaso? Antes de sentarme me tomó del hombro y me dijo “Tienes sólo un año, luego dejarás de formar parte de ese mundo” me confundí aún mas ¿Era aquello una misión?, yo no la había pedido, era sólo un viaje nada mas, cansado me empecé a dormir, ya no quería ver más.
Me despertó una mano en el hombro, pensé que era el payaso indicándome la llegada pero no, era un policía, mientras recuperaba la conciencia escuchaba a medias lo que decía: ¿Qué hacía allí? En un tren viejo… si tenía a alguien, si estaba perdido yo solo atiné a responder:
- Estuve viajando
- ¿Cómo?, si este tren no se ha movido en décadas, ¿Estás bien?
Me levanté sorprendido, no era posible, ese hombre estaba mintiéndome entonces, cuando miré a mi alrededor y me di cuenta que era un tren viejo, que no había nada nuevo, solo yo y mis maletas, y un cuadro de un arlequín triste botado en un rincón, el cual tomé cuando bajé.
Así que el año pasó y no fui capaz de encontrar el corazón de la ciudad, nunca lo busqué, no entendí pero ahora que ya no formo parte de este mundo y puedo ver las cosas desde otro ángulo he comprendido todo, somos esa ciudad, no sé si el corazón ya haya muerto pero nosotros somos esa ciudad” el hombre volvió a suspirar.
Me levanté sin decir palabra, el hombre me tomó de la mano y dejó en ellas un papel viejo, amarillo, y me dijo “anda, búscalo” y me quedé en una pieza.
¿Verdad que nuestro mundo es perfecto? Dime que ese pobre mendigo estaba loco, ¿Estamos muertos? ¿Somos estatuas? Porque yo me muevo, puedo moverme, ¿Me darías una respuesta?
Una vez me senté en la calle, esa que está llena de autos apurados por llegar a su destino, me senté a contemplar ese espectáculo alegre… ¡Hay tanta vida en esa calle! Y me percaté que cerca, a mis espaldas, había un hombre ciego, de esos que vuelven feo nuestro bello paisaje, y lo miré, y mientras me preguntaba cómo es que había llegado el hacia allí, el suspiró y me habló con su voz ronca, casi sepulcral: “¿Puedo ayudarte?” yo reí, ¿Cómo es que un sucio e indigente ciego podría ayudarme?
La pregunta sonó casi a burla, bueno era una burla: ¿Cómo llegaste a ser ciego?, y luego solté una conjetura muy profunda: “de seguro nunca has visto nada interesante, sabes viejo, este mundo tiene mucho de bello y que pena que no hayas visto nada de él”.
Esta vez el que rió fue él: “He visto mucho más que tú jovencito, he viajado hasta en Sureste”, no lo pude evitar, carcajeé estrepitosamente: “Dime anciano, ¿Qué viste cuando viajaste a la nada?”, el hombre se acomodó en su montón de cartones viejos y luego se suspirar empezó a hablar:
“Cuando tenía tu edad alguien dejó bajo mi puerta un boleto amarillo que me invitaba a un viaje desconocido, algo que cambiaría mi vida para siempre decía, lo dudé por varios días y luego me decidí debido a circunstancias que ahora he olvidado, así que fui y subí a un vagón vacío, me dio la bienvenida un payaso muy triste que me acompañó hasta que tomé siento, luego se detuvo en el pasadizo e hizo un número de malabares con unos discos naranjas, luego bajó y con él la puerta se cerró al tiempo que el tren dio sus trepidaciones finales y empezó a andar.
Lo que dice la gente es verdad chico, aquella tarde, mientras fumaba cigarrillos, veía por la ventana como una película pasaba ante mis ojos, era la historia de la humanidad, vi a todos los grandes momentos de nuestra historia pasar ante mis ojos, en medio de los estremecimientos que generaba en mí la emoción y el miedo de descubrir lo desconocido, me preguntaba si en esos lugares podría encontrar a los personajes que siempre quise conocer ¿Te imaginas? Julio César, Jesucristo, Napoleón y a todos aquellos de los que se nos ha hablado hasta el hartazgo, pero no, el vehículo no se detuvo y continuó su marcha hasta que llegué a un lugar bastante extraño, el pueblo se llamaba Modernidad.
Habría viajado por más de cinco horas ininterrumpidas hasta que el tren repentinamente se detuvo, la puerta se abrió, el payaso volvió a aparecer con su sonrisa triste y su traje de arlequín y quitándose el ridículo sombrero me dijo: “Llegamos, aquí baja usted”.
“¿Qué es este lugar?”, pregunté asustado mientras bajaba y contemplaba aquel paisaje estremecedor, a lo que el hombre de la falsa sonrisa me dijo con lástima:
- Es el pueblo hacia donde tenías que venir.
- Pero aquí no hay nada, sólo estatuas, están como petrificadas, ¿Quien hizo este espectáculo tan horrendo?
- El tiempo- dijo el payaso, con aire despreocupado – seré tu guía, el tren volverá al caer la tarde, hay una historia que explica la razón de esto, todo tiene una razón, todo tendrá una maldita razón.
Me sentí muy asustado por lo que estaba viendo mientras caminaba: era una ciudad muy parecida a mía, pero todo estaba fijo e inamovible, como si hubieras puesto pausa a una película, esas estatuas eran tan reales… ¿Qué significaba todo eso?
- Yo te lo contaré- dijo el payaso – hay una historia que debes conocer.
- No estaba hablando, ¿Cómo? ¿Escuchas lo que pienso?
- Hay tanto silencio es este lugar, que cualquier cosa puede ser escuchada… Hemos llegado.
- ¿Qué es este lugar?
- Es Columbus
- ¿Quién?
- Siéntate ya te lo contaré…
Me senté en una piedra, en realidad el lugar era un viejo campanario, tan negro y tan mustio que parecía un esqueleto, pero era muy alto, tan imponente como diez iglesias superpuestas una encima de la otra…
- Cuando fue creado, Columbus fue el orgullo de la ciudad- empezó a contar el payaso- era tan alto que para subir a la cima se necesitaba una mañana entera, ya sabes, él era sólo una de esas cosas que el hombre construye para vanagloriarse de su grandeza, en fin, el estaba orgulloso de sí mismo también y cada hora hacía tañer sus campanas las cuales resonaban en todo el Sureste…
- ¿Cómo? ¿Tenía personalidad?
- Cállate y no interrumpas- gruñó el hombre mientras se bajaba el sombrero y lo arrugaba entre sus manos- Era real, como todas las cosas del mundo, como todas las cosas que existen y que alguna vez existieron aquí.
Toda la ciudad estaba orgullosa de él, decían que era lo mejor que el hombre había hecho en toda su historia y se felicitaban los unos a los otros como lo habría hecho cualquier hombre común y corriente ante cualquier objeto que hubiera podido aumentar su ego, pero como también pasan la mayoría de veces, el campanario dejó de ser la novedad y así pasaron los años y los que lo vieron erigirse en medio de la ciudad murieron, siguieron sus hijos, los nietos y así tres generaciones, las cuales sólo daban importancia al campanario por los avisos horarios que les servían para mejorar la organización de sus actividades.
Columbus envejeció entonces con el tiempo y, solo y olvidado, empezó a morir, sus campanas eran agónicas y lúgubres e hicieron que la ciudad entera se disgustara con tan oscuros tañidos.
Hasta que una tarde de otoño, llegó hacia él una paloma perdida, había volado horas enteras buscando a su bandada pero el día estaba llegando a su fin, desesperada y triste se acurrucó cerca a uno de los aleros de la torre, al lado de la campana y allí paso la noche.
Al día siguiente, el ave salió a buscar a su grupo de nuevo y no los volvió a encontrar, fue entonces cuando se decidió a quedarse en el campanario con la esperanza de que volvieran a buscarla, se alimentó y regresó con una rama de olivo en el pico y empezó a hacer un nido, volaba todas las mañanas y regresaba al mediodía para escuchar las campanadas que para ella eran una fiesta.
Columbus y la paloma se enamoraron, el no dejaba de contar las horas que faltaban para que llegue el mediodía, y tocaba las campanas de la manera más alegre jamás concebida, por la tarde la paloma se acomodaba en su nido, exhausta, y junto a él contemplaban en atardecer, momento en el cual las campanadas sonaban como arrullos hasta que finalmente la paloma dormía.
Fue así todo el otoño, vieron a los árboles quedarse sin hojas y al viento llevárselas hacia el horizonte, vieron ponerse gris al cielo y vieron caer los primeros copos de nieve: había llegado el invierno.
Fueron meses difíciles, la paloma volaba y volaba y no encontraba alimento ni hojas para reforzar su nido así que pronto cayó enferma de muerte, Columbus la arrulló y la arrulló hasta que el débil hilo que sostenía su vida, sus vidas, se rompió.
Un crujido sonó desde lo más profundo de la torre y se expandió por toda la ciudad, era mediodía, sólo sonó una campanada, tristísima, eterna, aguda y fastidiosa para la ciudad entera, Columbus decía adiós también.
La ciudad no lo comprendió y muy incómodos por el insoportable sonido decidieron derribarlo, cueste lo que cueste, lo planearon para el amanecer, pero cuando el sol declinaba, Columbus dejó de tocar y con él, la ciudad se detuvo, para siempre.
- ¿Qué era Columbus?- no podía aguantar más, tenía que preguntar.
- El corazón de la ciudad- contestó el payaso – ya es hora, debemos irnos.
Nos levantamos y mientras caminábamos hacia la estación, el payaso me contó que la historia de nuestra ciudad era nuestra historia y que debía encontrar al corazón de mi ciudad y salvar a lo que lo mantenía vivo, ¿Cómo? Aquello era tan extraño e irracional que no me imaginaba que realmente tuviera sentido.
Al llegar el tren subí apesadumbrado ¿Qué habría intentado decirme el payaso? Antes de sentarme me tomó del hombro y me dijo “Tienes sólo un año, luego dejarás de formar parte de ese mundo” me confundí aún mas ¿Era aquello una misión?, yo no la había pedido, era sólo un viaje nada mas, cansado me empecé a dormir, ya no quería ver más.
Me despertó una mano en el hombro, pensé que era el payaso indicándome la llegada pero no, era un policía, mientras recuperaba la conciencia escuchaba a medias lo que decía: ¿Qué hacía allí? En un tren viejo… si tenía a alguien, si estaba perdido yo solo atiné a responder:
- Estuve viajando
- ¿Cómo?, si este tren no se ha movido en décadas, ¿Estás bien?
Me levanté sorprendido, no era posible, ese hombre estaba mintiéndome entonces, cuando miré a mi alrededor y me di cuenta que era un tren viejo, que no había nada nuevo, solo yo y mis maletas, y un cuadro de un arlequín triste botado en un rincón, el cual tomé cuando bajé.
Así que el año pasó y no fui capaz de encontrar el corazón de la ciudad, nunca lo busqué, no entendí pero ahora que ya no formo parte de este mundo y puedo ver las cosas desde otro ángulo he comprendido todo, somos esa ciudad, no sé si el corazón ya haya muerto pero nosotros somos esa ciudad” el hombre volvió a suspirar.
Me levanté sin decir palabra, el hombre me tomó de la mano y dejó en ellas un papel viejo, amarillo, y me dijo “anda, búscalo” y me quedé en una pieza.
¿Verdad que nuestro mundo es perfecto? Dime que ese pobre mendigo estaba loco, ¿Estamos muertos? ¿Somos estatuas? Porque yo me muevo, puedo moverme, ¿Me darías una respuesta?
…
Hoy es el día, he tomado mis maletas, nadie ha querido responderme, yo que pensé que eran mis amigos, el mendigo ya ha muerto y he tomado los boletos amarillos, me he puesto un abrigo y un sombrero, pues no sé si hará frío allá y he subido al viejo tren de la Compañía Ferroviaria del Sureste.
martes, 21 de julio de 2009
Ah Habías sido Tú
No me explico cómo es que llegué hasta aquí, perdido entre papeles viejos y poemas románticos, desesperado y esparcido por mil y un polvorientos recovecos, sentado entre las rosas que corté en la mañana y que ya se marchitaron.
Entiendo que es una tarde especial y que la última hora fue la más intensa que haya disfrutado en mi vida y que ahora en la soledad oscura del desván contemplo los últimos rayos que el sol ofrece antes de irse a descansar.
Empiezo a dormitarme mientras mi mente hace lo suyo y vuelve a divagar por caminos inconclusos y me pierdo en mi mismo, tratando de rescatar cada una de las partículas de vida sueltas en el ambiente.
Poco a poco vuelvo a la realidad y a recuperarme del trance de hace pocos minutos, las golondrinas han empezado a bailar su danza crepuscular, unos chillidos agudos y débiles me recuerdan la presencia de murciélagos muy cerca y de repente siento el cosquilleo de una rosa que es arrastrada por mi tronco… ah habías sido tú.
“Dormiste mucho”, dices a media voz, y lentamente te empiezas a recoger en mis brazos apoyándote en mi pecho, la rosa ahora descansa en mi rostro y no puedo evitar estornudar, ríes, te arrinconas aún mas, jalo la sábana de mi mueble de tres patas que uso para escapar del mundo y me abrigo con el, de paso también te abrigo a ti.
“¿No dices nada?” tu mirada busca la mía, ansiosa, y yo no puedo hacer otra cosa mas que refunfuñar un no, suspiras y miras al vacío “no importa” dices y contemplas la rosa, la única que sobrevivió a la debacle que desatamos, sus hermanas están descuartizadas y regadas por el piso.
“Es hora de irte” mis palabras suenan como un iceberg y cortan el ambiente como una daga de doble filo “es tarde, preguntarán por ti” prosigo y sin decir más me levanto y me quedo sentado mirando al suelo.
“Mierda, pensé que eras diferente” dices y te cambias presurosa, buscas desesperada tu zapato izquierdo y cuando al fin lo encuentras sales casi corriendo y cierras la puerta del desván con tanta furia que la casa tembló toda.
Me acerco al mueble y saco de él los cigarrillos de rigor, enciendo uno y me echo de nuevo a mirar al cielo que ya está oscuro y que muestra sus primeras estrellas; uno, dos, tres cigarrillos y no puedo apagar esta angustia interior, empiezo a desesperarme y mi cerebro empieza a llamar al orden pero ya es tarde, uno a uno los demonios de mi alma me atacan y no puedo resistirme a la sensación de hundirme en el vacío, los recuerdos de esa tarde empiezan a circundar por mi mente.
Una oleada de culpabilidad me asalta y te empiezo a extrañar, la crueldad no tiene motivo en mi, solo es usual, solo existe y no puedo escapar de ella; las primeras lágrimas empiezan a brotar mientras mis labios pronuncian lo impronunciable… ah habías sido tu.
Entiendo que es una tarde especial y que la última hora fue la más intensa que haya disfrutado en mi vida y que ahora en la soledad oscura del desván contemplo los últimos rayos que el sol ofrece antes de irse a descansar.
Empiezo a dormitarme mientras mi mente hace lo suyo y vuelve a divagar por caminos inconclusos y me pierdo en mi mismo, tratando de rescatar cada una de las partículas de vida sueltas en el ambiente.
Poco a poco vuelvo a la realidad y a recuperarme del trance de hace pocos minutos, las golondrinas han empezado a bailar su danza crepuscular, unos chillidos agudos y débiles me recuerdan la presencia de murciélagos muy cerca y de repente siento el cosquilleo de una rosa que es arrastrada por mi tronco… ah habías sido tú.
“Dormiste mucho”, dices a media voz, y lentamente te empiezas a recoger en mis brazos apoyándote en mi pecho, la rosa ahora descansa en mi rostro y no puedo evitar estornudar, ríes, te arrinconas aún mas, jalo la sábana de mi mueble de tres patas que uso para escapar del mundo y me abrigo con el, de paso también te abrigo a ti.
“¿No dices nada?” tu mirada busca la mía, ansiosa, y yo no puedo hacer otra cosa mas que refunfuñar un no, suspiras y miras al vacío “no importa” dices y contemplas la rosa, la única que sobrevivió a la debacle que desatamos, sus hermanas están descuartizadas y regadas por el piso.
“Es hora de irte” mis palabras suenan como un iceberg y cortan el ambiente como una daga de doble filo “es tarde, preguntarán por ti” prosigo y sin decir más me levanto y me quedo sentado mirando al suelo.
“Mierda, pensé que eras diferente” dices y te cambias presurosa, buscas desesperada tu zapato izquierdo y cuando al fin lo encuentras sales casi corriendo y cierras la puerta del desván con tanta furia que la casa tembló toda.
Me acerco al mueble y saco de él los cigarrillos de rigor, enciendo uno y me echo de nuevo a mirar al cielo que ya está oscuro y que muestra sus primeras estrellas; uno, dos, tres cigarrillos y no puedo apagar esta angustia interior, empiezo a desesperarme y mi cerebro empieza a llamar al orden pero ya es tarde, uno a uno los demonios de mi alma me atacan y no puedo resistirme a la sensación de hundirme en el vacío, los recuerdos de esa tarde empiezan a circundar por mi mente.
Una oleada de culpabilidad me asalta y te empiezo a extrañar, la crueldad no tiene motivo en mi, solo es usual, solo existe y no puedo escapar de ella; las primeras lágrimas empiezan a brotar mientras mis labios pronuncian lo impronunciable… ah habías sido tu.
EL CAFÉ DE LAS CINCO
Ocurrió mientras tomaba el café de las cinco, estaba sentado en una mesa de aquella cafetería, situada en medio de una avenida gris y ruidosa donde varias almas perdidas se citaban a toda hora para darse un respiro y darse cuenta de que no estaban solas en el mundo, una de esas almas, la mía, estaba allí, sola, disfrutando de aquel rápido café amargo que me traía de nuevo a la realidad luego de un día común y corriente para después empezar mi rutina nocturna de encuentros y desencuentros que terminaban sacrosantamente a la medianoche, hora en la que me recogía en ese oscuro y derruido cuartucho de quinta categoría que mi casi inexistente sueldo podría pagar.
Me disponía a agradecer y escapar del momento para sumergirme en mi rutina diaria cuando un inesperado brillo proveniente de unos lentes oscuros captó mi atención, fue la primera vez en que la vi: esa tarde la vi cruzar la calle con ese divertido gorro verde limón y la flor roja en él, me llamó la atención la libertad con la que andaba: el cabello largo, suelto y rebelde que se movía al compás del viento crepuscular, los lentes del sol que ocultaban su mirada profunda de la banalidad mundana, su típica vestimenta multicolor y ese caminar rápido y sigiloso, parecía que no tocaba el suelo, parecía volar.
Me quedé sólo por verla, compré un diario y pedí otro café, supuse que en esa noche las cosas empezarían tarde, yo quería retrasarlas, y esa era la ocasión perfecta, era una señal, no había duda.
Abrió la puerta de la cafetería al momento que encendía mi primer cigarrillo y tomó asiento al lado de la entrada, dos mesas delante que la mía, se sacó el gorro y los lentes y tuve la certeza de tener frente a mí a una especie de ángel, su sola presencia me arrebató de repente y entré en un trance extraño: era como si tuviera una visión de esas que nos enmudecen y nos dejan marcados para siempre.
Rostro trigueño y cabello oscuro, ojos claros y nariz pequeña, labios gruesos y rojos, estatura regular en un cuerpo agradable a la vista y una expresión de extravío y soledad armónicamente combinadas con un brillo casi celestial en esa mirada, la mas linda que haya visto en mi vida; falda larga y multicolor, lo mismo que la blusa y el chal.
Pidió un café cargado y sacó una cajetilla de cigarrillos de canela junto con un libro de pasta verde, y se dispuso a leer, a desprenderse de este mundo cruel y despiadado que oculta al ojo humano tan valioso tesoro, no habría terminado la primera hoja del libro (moría por saber cuál era) cuando su mirada se posó en la mía, y me quedé pasmado: sólo fueron unos segundos, dos o tres, y se sonrió, mi corazón empezó a dar saltos, tuve que aspirar una bocanada de nicotina para frenar ese torbellino que se estaba formando en mi cabeza.
¡Concéntrate! ¡Qué no sepa que la estás mirando! Veamos que dice esta edición, el gobierno con el nuevo tratado de libre comercio con Groenlandia, ¡Caray!, aún no aprendemos y seguimos vendiendo nuestro país al mejor postor, esta vez le tocó a los pingüinos, a las ballenas y a las focas, bien por ellos que les aproveche, pero leer mas de lo mismo es aburrido, no pude resistir la tentación y bajé el diario, el mozo me dio mi segunda taza de café con unos pastelillos calientes “cortesía de la casa”, me dijo y se fue a la mesa de ella.
Nuestras miradas de volvieron a encontrar y yo inmediatamente huí con la mía y con mi curiosidad, la volví a mirar y ella se dio cuenta fijó en mí una mirada coqueta y luego la bajó hacia su regazo donde una sonrisa se volvió a dibujar en sus labios, la muy maldita ¿Era posible? ¿Acaso coqueteaba conmigo? Sólo éramos dos en esa cafetería de paredes color pastel y no había nadie más a quien ella estuviera mirando, confundido y nervioso busqué su mirada de nuevo y le regalé una sonrisa.
Ella dejó el libro sobre la mesa, luego el bolso y después todo lo que tenía en el regazo y se levantó, hubo un arañazo en mi pecho; dio un paso, dos, (oh Dios mío tengo que ir al baño) y lentamente se empezó a acercar hacia mí; sentí que empezaba a flotar (y sólo eran las cinco y media), mi corazón empezó a sincronizar sus latidos con el sonido de los pasos que daba, no es que la cafetería sea grande, lo era el momento, hasta que llegó, recuerdo estar con la boca abierta cuando su petición sonó en mi cerebro y un terremoto me sacudió desde la punta de los pies a la coronilla de la cabeza.
- ¿Tienes fuego?, preguntó
Y yo no supe que hacer.
Me disponía a agradecer y escapar del momento para sumergirme en mi rutina diaria cuando un inesperado brillo proveniente de unos lentes oscuros captó mi atención, fue la primera vez en que la vi: esa tarde la vi cruzar la calle con ese divertido gorro verde limón y la flor roja en él, me llamó la atención la libertad con la que andaba: el cabello largo, suelto y rebelde que se movía al compás del viento crepuscular, los lentes del sol que ocultaban su mirada profunda de la banalidad mundana, su típica vestimenta multicolor y ese caminar rápido y sigiloso, parecía que no tocaba el suelo, parecía volar.
Me quedé sólo por verla, compré un diario y pedí otro café, supuse que en esa noche las cosas empezarían tarde, yo quería retrasarlas, y esa era la ocasión perfecta, era una señal, no había duda.
Abrió la puerta de la cafetería al momento que encendía mi primer cigarrillo y tomó asiento al lado de la entrada, dos mesas delante que la mía, se sacó el gorro y los lentes y tuve la certeza de tener frente a mí a una especie de ángel, su sola presencia me arrebató de repente y entré en un trance extraño: era como si tuviera una visión de esas que nos enmudecen y nos dejan marcados para siempre.
Rostro trigueño y cabello oscuro, ojos claros y nariz pequeña, labios gruesos y rojos, estatura regular en un cuerpo agradable a la vista y una expresión de extravío y soledad armónicamente combinadas con un brillo casi celestial en esa mirada, la mas linda que haya visto en mi vida; falda larga y multicolor, lo mismo que la blusa y el chal.
Pidió un café cargado y sacó una cajetilla de cigarrillos de canela junto con un libro de pasta verde, y se dispuso a leer, a desprenderse de este mundo cruel y despiadado que oculta al ojo humano tan valioso tesoro, no habría terminado la primera hoja del libro (moría por saber cuál era) cuando su mirada se posó en la mía, y me quedé pasmado: sólo fueron unos segundos, dos o tres, y se sonrió, mi corazón empezó a dar saltos, tuve que aspirar una bocanada de nicotina para frenar ese torbellino que se estaba formando en mi cabeza.
¡Concéntrate! ¡Qué no sepa que la estás mirando! Veamos que dice esta edición, el gobierno con el nuevo tratado de libre comercio con Groenlandia, ¡Caray!, aún no aprendemos y seguimos vendiendo nuestro país al mejor postor, esta vez le tocó a los pingüinos, a las ballenas y a las focas, bien por ellos que les aproveche, pero leer mas de lo mismo es aburrido, no pude resistir la tentación y bajé el diario, el mozo me dio mi segunda taza de café con unos pastelillos calientes “cortesía de la casa”, me dijo y se fue a la mesa de ella.
Nuestras miradas de volvieron a encontrar y yo inmediatamente huí con la mía y con mi curiosidad, la volví a mirar y ella se dio cuenta fijó en mí una mirada coqueta y luego la bajó hacia su regazo donde una sonrisa se volvió a dibujar en sus labios, la muy maldita ¿Era posible? ¿Acaso coqueteaba conmigo? Sólo éramos dos en esa cafetería de paredes color pastel y no había nadie más a quien ella estuviera mirando, confundido y nervioso busqué su mirada de nuevo y le regalé una sonrisa.
Ella dejó el libro sobre la mesa, luego el bolso y después todo lo que tenía en el regazo y se levantó, hubo un arañazo en mi pecho; dio un paso, dos, (oh Dios mío tengo que ir al baño) y lentamente se empezó a acercar hacia mí; sentí que empezaba a flotar (y sólo eran las cinco y media), mi corazón empezó a sincronizar sus latidos con el sonido de los pasos que daba, no es que la cafetería sea grande, lo era el momento, hasta que llegó, recuerdo estar con la boca abierta cuando su petición sonó en mi cerebro y un terremoto me sacudió desde la punta de los pies a la coronilla de la cabeza.
- ¿Tienes fuego?, preguntó
Y yo no supe que hacer.
miércoles, 1 de abril de 2009
EL DIARIO DE LENA
-“Dime que me amas”
-“Te amo”
-“Nunca me abandonarás ¿Verdad? ¿Verdad que siempre estaremos juntos?”
-“Sí Lena, siempre juntos”
De repente todo se quebró, como si hubiera sido de cristal, Lena caía desesperada tratando de asirse de las manos de su amado, un grito precedió la completa oscuridad…
Lena gritó de nuevo, pero esta vez en su cama envuelta en blancas sábanas de seda y totalmente empapada de sudor frío, todo era un sueño, como en la realidad, todo había sido mentira, todo también se había resquebrajado.
Empezó a llorar otra vez, ya no compulsivamente, como lo había estado haciendo en los días anteriores, sino resignadamente, el fin estaba cerca, ella lo sabía.
Una largo suspiro precedió el levantarse de su cama, cogió a tientas la bata que cubría su ropa de dormir y, a tientas también, caminó hacia un escritorio cercano, tomó un fósforo y encendió una pequeña lámpara; se sentó y abrió el cajón que estaba bajo el escritorio, de ahí sacó un pequeño librito de pasta verde, con bordes de metal dorado: era un pequeño diario, lo tomó y aspiró el olor del papel antiguo; sus azules ojos melancólicos parecieron iluminarse y en su demacrado rostro se dibujó una leve sonrisa.
-Aquí estabas antiguo amigo, Cuánto tiempo ¿verdad?- abrió el diario y sacó de él un pétalo marchito, lo olió y luego lo arrojó a una caja de madera, tomó una pluma y un tintero y, después de casi cinco años, las resecas hojas de papel del librito empezaron a probar el amargo sabor de la tinta…
Al principio empezó a escribir tímidamente, pero pasados algunos minutos continuó escribiendo con desesperación, con furia, con la respiración agitada y el pulso alterado.
La ventana se abre impulsada por la lluvia y el viento y entran algunas hojas del árbol cercano, la habitación se ilumina por un relámpago que seguido de un trueno aumenta la melancolía presente en la pequeña habitación. Lena se levanta a cerrarla y regresa a su labor.
Mientras la noche pasaba, perezosa, adormilándolo todo, como un bostezo que dura horas enteras, Lena escribe las impresiones que le dejó su historia: cómo llegó al culmen de la depresión y desesperación, de la soledad y de la angustia, del odio y el amor; continúa escribiendo y empieza a llorar de nuevo, esta vez casi convulsionando, las lágrimas mojan el papel y distorsionan el último párrafo:
“No entiendo el porqué de destruir lo que construí para ti dentro de mí Adriano, ¿Porqué la mentira? ¿Porqué el engaño? Yo nunca te hice daño amor, nunca, siempre quise lo mejor para ti, pero ahora, muy a pesar tuyo tengo que terminarlo todo, no pienso seguir mas con este dolor, tengo que matarlo, tengo que matarlo”
-Tengo que matarlo-
La frase sonaba fría, casi helada en sus labios, Lena dio un último sollozo y se arrojó a su cama. Un nuevo trueno, seguido de otro relámpago, ahogó una carcajada al tiempo que iluminaban un vestido blanco, sostenido en un colgador, que estaba situado al costado de la ventana.
...
La boda sería a la mañana siguiente, previa a ella había trascurrido casi un año de un noviazgo aparentemente tranquilo, los novios habían empezado lo suyo en una fiesta organizada por el padre de la novia, Lena, ella no estaba interesada en Adriano, cuando éste, un joven buen mozo, hijo de un hacendado vecino la invitó a conversar a la terraza.
Lena no quería otra cosa más que escapar de aquel tedio de mujeres que hablaban de su última alhaja adquirida en Francia o del último viaje que hizo su marido por Latinoamérica; la ocasión se le presentó propicia y escapó entonces con aquel joven.
Ya en la terraza, hablaron de un montón de cosas, se burlaron de todos, nadie logró escapar a sus lenguas de doble filo, estaban en lo más ameno de la conversación cuando Adriano la tomó de la mano y se la besó.
Lena no se inmutó, parecía preparada para aquel homenaje, algunas amigas habían hablado con ella en plan de chisme diciéndole que Adriano estaba buscando la manera de declararle su amor a lo que ella, una y otra vez, respondió, tranquila:
-Que me lo diga, luego veremos-
Pero cuando Adriano empezó a decirle que la amaba desde hacía tiempo, que estaba dispuesto a luchar por conseguir algo sólido, y que quería casarse con ella, Lena sintió una energía helada bajar por su cuello, seguir a su espalda y perderse en sus piernas.
Le sonrió, y no lo pensó dos veces, soltó un “sí”, que, aunque tímido sonó dulcemente en los oídos de Adriano, el cual la tomo por el brazo y la arrastró al salón, donde pidió atención a la concurrencia:
-Damas y caballeros, la Señorita Lena Ribadeneira ha accedido a mi propuesta de matrimonio-
Las sonrisas y aplausos empezaron a sonar casi automáticamente, y poco a poco las personas empezaron a felicitarlos, el primero fue don Aníbal, padre de Lena, quien, tomado por el brazo de Amatista, prima de Lena, felicitaron a los novios, Lena nunca olvidó la ironía en la frase dicha por su prima:
-Te felicito, hiciste una muy buena elección-
Se convirtió en la novia más feliz del mundo: todas las tardes, Adriano llegaba con un ramo de flores en su caballo negro y juntos iban a cabalgar por los prados, asistían a fiestas juntos y todo el mundo comentaba que estaban hechos el uno para el otro; almorzaban juntos una vez por semana en la terraza que se convirtió en una especie de santuario de su amor.
Las cosas trascurrían plácidamente cuando una tarde el padre de Lena se reunió con el padre de Adriano, y luego de esta larga conversación, Lena fue llamada al despacho de su padre. El padre de Adriano saludó cortésmente a Lena al tiempo que salía de la habitación. Lena entró.
-Siéntate hija- el padre miró unos papeles- haz de saber que tu futuro suegro y yo hemos acordado que vuestras nupcias se realizarán dentro de un mes, por lo mismo ya mandé con anticipación a diseñar tu ajuar y no te preocupes por la dote, yo proveeré una buena suma de dinero-
-¿Tan pronto papá?- habían sido sólo nueve meses de noviazgo.
- Sí querida, el padre de Adriano emprenderá un viaje a Europa luego de la boda y dice que le urge ver a su hijo casado antes de irse-
Tal comentario soñó más que extraño ¿Por qué apurarse?, apenas se estaban conociendo, es verdad, todo era hermoso, pero ella no estaba segura; su inseguridad creció aún más cuando Malta, su nana, le dijo en voz baja:
-Abra bien los ojos niña que el señorito la quiere engatusar-
-¿Qué dices?- Lena se alarmó.
-Ayer escuche que hablaba con la niña Amatista y le mencionaba mucho la palabra dinero, ella se notaba enojada, el señoriíto la tomaba por los hombros y al final la estrechó contra su pecho y le dio un beso en la frente.
-¡Bribona! ¡Quién te manda a escuchar tras las puertas!- Lena empezó a enrojecer de ira.
-Pero no le miento niña, yo solo quiero lo bueno y bonito para usté- Malta se retiró persignándose.
Desde aquella semana Lena no encontró tranquilidad, notó que Amatista salía antes de que ellos regresaran de cabalgar por las tardes, y que regresaba hasta una hora después de su llegada a la casa y una vez la pilló tomando del hombro a Adriano mientras estaban conversando en la terraza antes del almuerzo, Adriano estaba mas amable que nunca con ella, cuidaba de no cometer ninguna impertinencia que pudiera enojarla, se volvió zalamero; la situación empeoró cuando una tarde, contemplando la puesta, Lena le preguntó si la amaba, el, por toda respuesta, le dio un beso en los labios y al terminar dijo a media voz: “Ah, Amatista”.
Lena enloqueció de nerviosismo, se soltó y montó rápido en su caballo, cabalgó hacia la casa y se encerró en su cuarto sin decir nada a nadie, no salió por una semana entera, faltaban apenas cinco días para la boda, todos estaban preocupados, Adriano se excusó diciendo que había dicho una mala broma, que, sin querer, aludió a su difunta madre y ella enloqueció de ira.
Lloró en el regazo de Amatista una noche en la sala frente a don Aníbal, pidiendo disculpas, Amatista pidió clemencia por el sólo con la mirada. Don Aníbal sentenció:
-La boda se realiza el día señalado y punto, sacaré a la fuerza a esa caprichosa- gritó.
-¡No tío!- Amatista estaba nerviosa –déjame hablar con ella-
La noche anterior de la tormenta que precedió el día de la boda, Amatista se acercó a la habitación de Lena y llamó, increíblemente, Lena le abrió la puerta, Amatista entró.
Lena se estaba sentando en un sillón, estaba vestida de negro y tenía el pelo suelto, se notaba muy demacrada.
-¿Por qué?- dijo con voz seca.
-¿Dé qué hablas?- Amatista se sintió confundida.
-¿Qué? ¿No te lo dijo?, me confundió contigo, eres una cínica, te le acercaste como una gata en celo, como una prostituta, estabas envidiosa ¿No es verdad?-
-Te equivocas, aquí, tú eres la que sobra, el es mi hombre desde mucho tiempo antes de el anuncio de tu compromiso. El me ama a mí, créeme, fue idea de él, no imagino porqué volví con el, me dijo que tendría una solución, que se quedaría conmigo…-
-No seas cínica, eres una zorra Amatista- Lena estaba llena de ira- quieren estafar a mi padre, sólo quiere casarse conmigo por la dote, su padre lo presiona, dime si es verdad, ¡¿Lo es?!-
- Es verdad, pero yo no tomé partido en esto, fue idea de el- Amatista empezó a llorar- no te cases Lena, el piensa matarte, para quedarse conmigo, me lo acaba de decir, es mejor que hables con tu padre ahora, es mejor el escándalo a la muerte, discúlpame- se arrojó a los pies de Lena.
Lena ni la tocó, sólo atinó a decir: -no se librará de mí fácilmente, será mío y sólo mío y no lo dejaré hasta convertirlo en una piltrafa, lo humillaré, puedes ir a decírselo, moriré después que él, y… gracias por avisarme-
-Lena, prima, discúlpame, no me desprecies de esa manera, las dos fuimos engañadas por ese bribón- Amatista se abrazó a sus piernas, Lena se paró y la apartó de un puntapié.
-Déjame en paz, lárgate- Amatista se levantó y salió corriendo. Lena cerró con picaporte la puerta. Y se echó a llorar de nuevo.
…
El día había llegado, Lena estaba vestida ya, sentada, rodeada de mujeres que la arreglaban y que no decían nada, “estúpidas, sólo sirven para complicarlo todo”, la tierna voz de Malta la trajo de nuevo a la realidad:
-Es hora niña-
-¿Dónde esta Adriano?-
-Preparándose en la habitación de al lado-
- Váyanse todas-
-Pero niña…-
-¡Que se larguen!-
Todas salieron, Lena se miró en el espejo, se levantó y miró a la ventana: había mucha gente. Sonrió: “pobres tontos, sigan esperando pues no habrá boda, debieron venir vestidos de negro”…
Adriano se terminaba de arreglar en su habitación cuando alguien tocó la puerta, estaba a punto de ponerse el saco, lo dejó en un sillón y se sentó en otro que había al costado –Adelante- dijo.
Lena entró, llevaba sus manos atrás, estaba vestida aún con su ajuar de novia, fue directamente hacia el, Adriano se levantó y nervioso la saludó.
-Ho… hola amor, lamento la tardanza es que…-
-Sí, entiendo, ¿Crees que es de mala suerte ver a la novia antes de la ceremonia?-
-No entiendo cariño, tú quisiste que saliéramos juntos, sólo por reírte en la cara de esas creencias-
-Cambié de parecer, esta vez yo saldré primero-
-Pero eso no se verá bien cielo, el novio debería salir primero…-
-No recuerdo mencionar que tendrías que salir después que yo, no recuerdo el haber dicho que ibas a salir-
-¿Qué?-
-¿Me amas Adriano?-
-S… sí, claro amor-
-Deja que te de un beso amor, deja que me acerque- Adriana empezó a caminar hacia él, temblaba enormemente, sentía un sudor frío en su espalda y que el corazón le había subido a la garganta, el la abrazó y antes de que sus labios chocaran ella susurró –nunca olvides que te amé, tu eres el culpable de esto-
Sacó de sus manos una tijera que tenía escondida y la clavó al costado de su cuello, en aquella vena a la que las fieras acuden para minimizar a sus víctimas,como una fiera herida de muerte y desesperada por sobrevivir, así lo minimizó.
Adriano se separó, miraba desesperadamente a su verduga, cogió desesperadamente el sillón que estaba detrás de el y al volcarse cayó junto a él, convulsionando agónicamente.
Lena caminó hacia la puerta y entró a su cuarto, salió al vestíbulo con una maleta y una bolsa, caminó buscando la puerta trasera de su casa, por la que salió hacia el río…
…
Mientras el tren corría velozmente, todo dentro de el parecía ir a otro ritmo: los pasajeros estaban poseídos por una gran apatía, mientras que por sus ventanas, como un universo extraño al suyo, pasaban uno a uno los paisajes, confundiéndose entre sí, como una sola masa que se movía uniformemente hacia atrás.
Algunos miraban nostálgicamente a sus ventanas, presa de recuerdos que, cual gruesas cadenas, los ataban al lugar de donde salían; los menos despreocupados, que viajaban a menudo, dormían o leían algún libro o periódico.
Dentro del variado y multicolor grupo de personas presentes dentro del vagón económico, Lena se encontraba casi al final, cerca de la entrada, profundamente dormida, con la cabeza apoyada en el vidrio de la ventana, ajena al todo el cercano mundo que la rodeaba; el sol del atardecer, lleno de rayos dorados, le empezaba a dar de lleno en el rostro, pero ella no sentía nada, ni los ronquidos de la pobre mujer que dormía frente a ella, ni el trepidar del tren: nada.
El pequeño hijo de la mujer que dormía frente a Lena miraba asombrado el extraño cuadro que se presentaba frente a el, una jovencita de vestido blanco, con tonalidades grises, cubierta por un chal negro, el cabello suelto y alborotado que confundía y ocultaba entre sus rizos un sinnúmero de diminutas flores esparcidas en el, mientras que algunas, un poco mas grandes, rodeaban la parte alta de su cabeza, una maleta pequeña y un bolso de seda completaban la extraña imagen.
Un suspiro precedió el despertar de Lena, la cual a primera impresión, se topó con la atenta mirada del muchacho, Lena le sonrió, el niño por toda respuesta preguntó:
-¿Eres un hada?- Lena estaba a punto de reír de la ocurrencia cuando el tren se detuvo de improviso.
La intempestiva parada en el tren pareció alarmarla, se levanto un poco y un sudor helado empezó a correr por su espalda, “no te pongas nerviosa, estamos ya lejos, nadie sabe nada”.
Era una ciudad, bastante poblada, pues subieron varias personas, todas ocuparon los asientos como podían, la tranquilidad se convirtió en un gran alboroto, la mujer despertó e instintivamente sostuvo al niño, miró a Lena y le dio una sonrisa de lástima, ella sonrió también mientras fingía mirar distraída a la ventana, “nadie sabe nada, nadie no tiene porqué saber nada”; un sonido sordo y una respiración agitada la llevaron a mirar al hombre que se puso a su lado:
-Señoras- saludó quitándose el sombrero y siguió mirando distraídamente a las personas que se ubicaban, poco a poco, en los asientos disponibles – ¿Dónde se metió?- murmuró a media voz.
Luego volteó y con un acento simpático trató de empezar una conversación: - ¿Un largo viaje eh? ¿Desde donde vienen?-
-Cerro Viejo- contestó la mujer, -vamos hacia Ciudad Bendita- el hombre asintió, -¿Y usted?- el hombre miraba a Lena.
-Malpaso- respondió con nerviosismo.
- Entonces debe saber lo que pasó…- dijo en tono confidencial.
Lena sintió un vacío en el estómago, presa del pánico abrió sus grandes ojos azules “tranquila, actúa como si no supieras nada” – No, ¿Qué ha pasado?, no sé nada-
-Un acontecimiento horrible, un asesinato-
- ¡Santa Virgen Bendita!- exclamó la mujer.
-Asesinaron a una pareja de novios que iban a casarse hoy al mediodía- prosiguió el hombre- fue la amante del novio dicen, lo mato con unas tijeras y nadie sabe qué ha hecho con la novia, de seguro la mató y luego botó su cadáver al río, encontraron varios pedazos del vestido de la novia, en la orilla, manchados de sangre, el padre del novio vio a la amante con las manos en las tijeras, luego de haberlas sacado de la yugular del finado, estaba llorando, seguro arrepentida; acaban de informar todo en el boletín de las cinco.
- ¿Nadie ha encontrado a la novia?- musitó Lena.
- Los hombres del pueblo la siguen buscando pero no han encontrado nada- suspiró antes de continuar- dicen que era muy hermosa e hija del hacendado mas adinerado de ese lugar-
-Pobre niña- dijo la mujer, el tren volvió a detenerse y una voz se dejó escuchar: -¡Ciudad Bendita!- la mujer se levanto como impulsada por un resorte –Vamos- le dijo a su hijo, - con permiso- a Lena y al hombre y salió muy apurada jalando al niño que en todo momento no dejaba de mirar a Lena.
“No puede ser, ¿Cómo es posible que todo se haya complicado para ella? Hasta ayer ella estaba segura de su situación, me lo había dicho…”
-¿Señorita?- el hombre la miraba con interés- le pregunté hacia adónde iba-
-¿Eh?, no se, ¿Cuál es el último lugar hacia donde va este tren?- Lena estaba demasiado nerviosa, sus pelos erizados vibraban al compás de su respiración cada vez mas agitada. “¿Por qué tantas preguntas?”.
-El Fin del Mundo- el hombre la empezó a mirar intrigado -¿Le pasa algo?-
“¿Porqué dice ese nombre con tanta naturalidad? ¿Será aquel el nombre del lugar?”
-¿Señorita?- el hombre la tomo del brazo con sutileza, - ¿Seguro que usted está bien?-
- Si, si estoy bien- Lena se soltó- es allá a donde voy-
-Bien- el hombre pareció contentarse, miró atentamente hacia los asientos de adelante con el fin de encontrar una cara conocida, estuvo así por dos o tres minutos, hasta que dijo un “ahí esta” y disculpándose se retiró un par de asientos mas adelante donde otro joven, muy parecido a el, estaba sentado.
“¿Es demasiado evidente mi nerviosismo?, Dios, esto necesita terminarse, debe terminarse, no había otra salida: el me dañó, me engañó” Lena miraba inquieta la ventana, se sentía observada, “Han venido por mí, estoy segura, alguien debe estar cerca, un momento… ¿Por qué me alarmo? Ellos piensan que estoy muerta, están buscando en el río, nunca me encontrarán, entonces… ¿Qué pasará entonces? ¿Se darán cuenta de todo?, no, tampoco es posible, pensarán que me llevó el mar, se resignarán, ojala fuera así”
Miró al pasillo y dio una mirada a los demás asientos, ella estaba sola pero nadie la observaba, se tranquilizó un poco…
“No dejé evidencia de la verdad… ¿o sí? ¡Dios mío!, el diario…” empezó a buscar con desesperación en su bolso de seda, “Si alguien lo encuentra se enterará de todo y será mi fin”. Siguió buscando, entre todas las cosas que había traído consigo. Al fin lo halló, Lena lo cogió, lo apretó contra su pecho y lo miró atentamente.
“Está aquí, nadie lo puede leer entonces, debo cuidarlo mucho”, iba a tranquilizarse de nuevo cuando aquella sensación extraña, la angustia que carcomía todo su interior y que la volvía insegura, la volvió a invadir. “¿Por qué me pasa esto?, yo estoy bien, no hice mal, solo hice justicia, me habían engañado, todos me habían engañado. ¿Porqué todo me parece tan malo?, no, todo estaba bien, no hay huellas, nadie verá nada, solo somos mi conciencia y yo, nada puede estar mal, ellos se lo merecían”
El diario se resbaló de sus manos y cayó al suelo, ella lo sujetó pisándolo y lo levantó, lo tomo y lo sujetó aún más fuerte, suspiró y tomo la llavecita que estaba en su cuello, se detuvo un instante, al fin se decidió, tenía que abrirlo, tenía que hacerlo…
…
¿Qué habría pasado?, al salir Lena de la casa, se encaminó al río, donde se miró en el agua y se sacó el velo, se soltó el pelo y miró sus guantes llenos de sangre así como sus zapatillas y algunas tiras de su vestido, sintió pánico, “¿Qué he hecho?”. Se sacó las zapatillas, los guantes y empezó a lavarse con desesperación, las lágrimas brotaron de sus ojos otra vez y fijándose en las manchas de su vestido, empezó a romperlo, a tal modo que al finalizar el vestido terminaba en gruesas y puntiagudas tiras, abrió su bolso y sacó otras zapatillas y un chal negro, se los puso y tomando sus bultos, dejó todo atrás, para dirigirse a la ruta del tren que estaba muy cerca de allí.
…
Mientras Adriano seguía luchando por su vida, alguien abrió la puerta por la que Lena salió, era Amatista, preocupada por la tardanza de los novios, unos quejidos sordos distrajeron su atención:
-¡Adriano! ¡Dios mío! ¡¿Qué te ha hecho?!- Se inclinó hacia él moribundo que trataba de quitarse las tijeras, desesperado, Amatista cogió al cuerpo y comprendiendo el afán del moribundo sacó las tijeras del cuello.
Al momento una explosión de sangre la salpicó, Amatista gritó, cuando vió a Adriano de nuevo este ya estaba muerto…
Se escucharon pasos, la puerta se volvió a abrir, y tras ella apareció don Aníbal, lo demás es fácil de suponer…
…
Lena cerró los ojos para evitar aquella sensación de desesperación, era demasiado, tenía que olvidarlo todo, pero ¿cómo?, aún sentía el olor a sangre en sus fosas nasales, aún veía a Adriano con la mirada desesperada emitiendo sonidos guturales y temblando en el piso, era imposible olvidar todo eso.
Casi involuntariamente volteó la página del pequeño cuaderno: estaba en blanco. Lena sonrió, ahora lo entendía todo.
Una nueva voz la sacó de su abismo: había llegado al Fin del Mundo.
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