miércoles, 1 de abril de 2009

EL DIARIO DE LENA

-“Dime que me amas”
-“Te amo”
-“Nunca me abandonarás ¿Verdad? ¿Verdad que siempre estaremos juntos?”
-“Sí Lena, siempre juntos”
De repente todo se quebró, como si hubiera sido de cristal, Lena caía desesperada tratando de asirse de las manos de su amado, un grito precedió la completa oscuridad…
Lena gritó de nuevo, pero esta vez en su cama envuelta en blancas sábanas de seda y totalmente empapada de sudor frío, todo era un sueño, como en la realidad, todo había sido mentira, todo también se había resquebrajado.
Empezó a llorar otra vez, ya no compulsivamente, como lo había estado haciendo en los días anteriores, sino resignadamente, el fin estaba cerca, ella lo sabía.
Una largo suspiro precedió el levantarse de su cama, cogió a tientas la bata que cubría su ropa de dormir y, a tientas también, caminó hacia un escritorio cercano, tomó un fósforo y encendió una pequeña lámpara; se sentó y abrió el cajón que estaba bajo el escritorio, de ahí sacó un pequeño librito de pasta verde, con bordes de metal dorado: era un pequeño diario, lo tomó y aspiró el olor del papel antiguo; sus azules ojos melancólicos parecieron iluminarse y en su demacrado rostro se dibujó una leve sonrisa.
-Aquí estabas antiguo amigo, Cuánto tiempo ¿verdad?- abrió el diario y sacó de él un pétalo marchito, lo olió y luego lo arrojó a una caja de madera, tomó una pluma y un tintero y, después de casi cinco años, las resecas hojas de papel del librito empezaron a probar el amargo sabor de la tinta…
Al principio empezó a escribir tímidamente, pero pasados algunos minutos continuó escribiendo con desesperación, con furia, con la respiración agitada y el pulso alterado.
La ventana se abre impulsada por la lluvia y el viento y entran algunas hojas del árbol cercano, la habitación se ilumina por un relámpago que seguido de un trueno aumenta la melancolía presente en la pequeña habitación. Lena se levanta a cerrarla y regresa a su labor.
Mientras la noche pasaba, perezosa, adormilándolo todo, como un bostezo que dura horas enteras, Lena escribe las impresiones que le dejó su historia: cómo llegó al culmen de la depresión y desesperación, de la soledad y de la angustia, del odio y el amor; continúa escribiendo y empieza a llorar de nuevo, esta vez casi convulsionando, las lágrimas mojan el papel y distorsionan el último párrafo:
“No entiendo el porqué de destruir lo que construí para ti dentro de mí Adriano, ¿Porqué la mentira? ¿Porqué el engaño? Yo nunca te hice daño amor, nunca, siempre quise lo mejor para ti, pero ahora, muy a pesar tuyo tengo que terminarlo todo, no pienso seguir mas con este dolor, tengo que matarlo, tengo que matarlo”
-Tengo que matarlo-
La frase sonaba fría, casi helada en sus labios, Lena dio un último sollozo y se arrojó a su cama. Un nuevo trueno, seguido de otro relámpago, ahogó una carcajada al tiempo que iluminaban un vestido blanco, sostenido en un colgador, que estaba situado al costado de la ventana.
...

La boda sería a la mañana siguiente, previa a ella había trascurrido casi un año de un noviazgo aparentemente tranquilo, los novios habían empezado lo suyo en una fiesta organizada por el padre de la novia, Lena, ella no estaba interesada en Adriano, cuando éste, un joven buen mozo, hijo de un hacendado vecino la invitó a conversar a la terraza.
Lena no quería otra cosa más que escapar de aquel tedio de mujeres que hablaban de su última alhaja adquirida en Francia o del último viaje que hizo su marido por Latinoamérica; la ocasión se le presentó propicia y escapó entonces con aquel joven.
Ya en la terraza, hablaron de un montón de cosas, se burlaron de todos, nadie logró escapar a sus lenguas de doble filo, estaban en lo más ameno de la conversación cuando Adriano la tomó de la mano y se la besó.
Lena no se inmutó, parecía preparada para aquel homenaje, algunas amigas habían hablado con ella en plan de chisme diciéndole que Adriano estaba buscando la manera de declararle su amor a lo que ella, una y otra vez, respondió, tranquila:
-Que me lo diga, luego veremos-
Pero cuando Adriano empezó a decirle que la amaba desde hacía tiempo, que estaba dispuesto a luchar por conseguir algo sólido, y que quería casarse con ella, Lena sintió una energía helada bajar por su cuello, seguir a su espalda y perderse en sus piernas.
Le sonrió, y no lo pensó dos veces, soltó un “sí”, que, aunque tímido sonó dulcemente en los oídos de Adriano, el cual la tomo por el brazo y la arrastró al salón, donde pidió atención a la concurrencia:
-Damas y caballeros, la Señorita Lena Ribadeneira ha accedido a mi propuesta de matrimonio-
Las sonrisas y aplausos empezaron a sonar casi automáticamente, y poco a poco las personas empezaron a felicitarlos, el primero fue don Aníbal, padre de Lena, quien, tomado por el brazo de Amatista, prima de Lena, felicitaron a los novios, Lena nunca olvidó la ironía en la frase dicha por su prima:
-Te felicito, hiciste una muy buena elección-
Se convirtió en la novia más feliz del mundo: todas las tardes, Adriano llegaba con un ramo de flores en su caballo negro y juntos iban a cabalgar por los prados, asistían a fiestas juntos y todo el mundo comentaba que estaban hechos el uno para el otro; almorzaban juntos una vez por semana en la terraza que se convirtió en una especie de santuario de su amor.
Las cosas trascurrían plácidamente cuando una tarde el padre de Lena se reunió con el padre de Adriano, y luego de esta larga conversación, Lena fue llamada al despacho de su padre. El padre de Adriano saludó cortésmente a Lena al tiempo que salía de la habitación. Lena entró.
-Siéntate hija- el padre miró unos papeles- haz de saber que tu futuro suegro y yo hemos acordado que vuestras nupcias se realizarán dentro de un mes, por lo mismo ya mandé con anticipación a diseñar tu ajuar y no te preocupes por la dote, yo proveeré una buena suma de dinero-
-¿Tan pronto papá?- habían sido sólo nueve meses de noviazgo.
- Sí querida, el padre de Adriano emprenderá un viaje a Europa luego de la boda y dice que le urge ver a su hijo casado antes de irse-
Tal comentario soñó más que extraño ¿Por qué apurarse?, apenas se estaban conociendo, es verdad, todo era hermoso, pero ella no estaba segura; su inseguridad creció aún más cuando Malta, su nana, le dijo en voz baja:
-Abra bien los ojos niña que el señorito la quiere engatusar-
-¿Qué dices?- Lena se alarmó.
-Ayer escuche que hablaba con la niña Amatista y le mencionaba mucho la palabra dinero, ella se notaba enojada, el señoriíto la tomaba por los hombros y al final la estrechó contra su pecho y le dio un beso en la frente.
-¡Bribona! ¡Quién te manda a escuchar tras las puertas!- Lena empezó a enrojecer de ira.
-Pero no le miento niña, yo solo quiero lo bueno y bonito para usté- Malta se retiró persignándose.
Desde aquella semana Lena no encontró tranquilidad, notó que Amatista salía antes de que ellos regresaran de cabalgar por las tardes, y que regresaba hasta una hora después de su llegada a la casa y una vez la pilló tomando del hombro a Adriano mientras estaban conversando en la terraza antes del almuerzo, Adriano estaba mas amable que nunca con ella, cuidaba de no cometer ninguna impertinencia que pudiera enojarla, se volvió zalamero; la situación empeoró cuando una tarde, contemplando la puesta, Lena le preguntó si la amaba, el, por toda respuesta, le dio un beso en los labios y al terminar dijo a media voz: “Ah, Amatista”.
Lena enloqueció de nerviosismo, se soltó y montó rápido en su caballo, cabalgó hacia la casa y se encerró en su cuarto sin decir nada a nadie, no salió por una semana entera, faltaban apenas cinco días para la boda, todos estaban preocupados, Adriano se excusó diciendo que había dicho una mala broma, que, sin querer, aludió a su difunta madre y ella enloqueció de ira.
Lloró en el regazo de Amatista una noche en la sala frente a don Aníbal, pidiendo disculpas, Amatista pidió clemencia por el sólo con la mirada. Don Aníbal sentenció:
-La boda se realiza el día señalado y punto, sacaré a la fuerza a esa caprichosa- gritó.
-¡No tío!- Amatista estaba nerviosa –déjame hablar con ella-
La noche anterior de la tormenta que precedió el día de la boda, Amatista se acercó a la habitación de Lena y llamó, increíblemente, Lena le abrió la puerta, Amatista entró.
Lena se estaba sentando en un sillón, estaba vestida de negro y tenía el pelo suelto, se notaba muy demacrada.
-¿Por qué?- dijo con voz seca.
-¿Dé qué hablas?- Amatista se sintió confundida.
-¿Qué? ¿No te lo dijo?, me confundió contigo, eres una cínica, te le acercaste como una gata en celo, como una prostituta, estabas envidiosa ¿No es verdad?-
-Te equivocas, aquí, tú eres la que sobra, el es mi hombre desde mucho tiempo antes de el anuncio de tu compromiso. El me ama a mí, créeme, fue idea de él, no imagino porqué volví con el, me dijo que tendría una solución, que se quedaría conmigo…-
-No seas cínica, eres una zorra Amatista- Lena estaba llena de ira- quieren estafar a mi padre, sólo quiere casarse conmigo por la dote, su padre lo presiona, dime si es verdad, ¡¿Lo es?!-
- Es verdad, pero yo no tomé partido en esto, fue idea de el- Amatista empezó a llorar- no te cases Lena, el piensa matarte, para quedarse conmigo, me lo acaba de decir, es mejor que hables con tu padre ahora, es mejor el escándalo a la muerte, discúlpame- se arrojó a los pies de Lena.
Lena ni la tocó, sólo atinó a decir: -no se librará de mí fácilmente, será mío y sólo mío y no lo dejaré hasta convertirlo en una piltrafa, lo humillaré, puedes ir a decírselo, moriré después que él, y… gracias por avisarme-
-Lena, prima, discúlpame, no me desprecies de esa manera, las dos fuimos engañadas por ese bribón- Amatista se abrazó a sus piernas, Lena se paró y la apartó de un puntapié.
-Déjame en paz, lárgate- Amatista se levantó y salió corriendo. Lena cerró con picaporte la puerta. Y se echó a llorar de nuevo.
El día había llegado, Lena estaba vestida ya, sentada, rodeada de mujeres que la arreglaban y que no decían nada, “estúpidas, sólo sirven para complicarlo todo”, la tierna voz de Malta la trajo de nuevo a la realidad:
-Es hora niña-
-¿Dónde esta Adriano?-
-Preparándose en la habitación de al lado-
- Váyanse todas-
-Pero niña…-
-¡Que se larguen!-
Todas salieron, Lena se miró en el espejo, se levantó y miró a la ventana: había mucha gente. Sonrió: “pobres tontos, sigan esperando pues no habrá boda, debieron venir vestidos de negro”…
Adriano se terminaba de arreglar en su habitación cuando alguien tocó la puerta, estaba a punto de ponerse el saco, lo dejó en un sillón y se sentó en otro que había al costado –Adelante- dijo.
Lena entró, llevaba sus manos atrás, estaba vestida aún con su ajuar de novia, fue directamente hacia el, Adriano se levantó y nervioso la saludó.
-Ho… hola amor, lamento la tardanza es que…-
-Sí, entiendo, ¿Crees que es de mala suerte ver a la novia antes de la ceremonia?-
-No entiendo cariño, tú quisiste que saliéramos juntos, sólo por reírte en la cara de esas creencias-
-Cambié de parecer, esta vez yo saldré primero-
-Pero eso no se verá bien cielo, el novio debería salir primero…-
-No recuerdo mencionar que tendrías que salir después que yo, no recuerdo el haber dicho que ibas a salir-
-¿Qué?-
-¿Me amas Adriano?-
-S… sí, claro amor-
-Deja que te de un beso amor, deja que me acerque- Adriana empezó a caminar hacia él, temblaba enormemente, sentía un sudor frío en su espalda y que el corazón le había subido a la garganta, el la abrazó y antes de que sus labios chocaran ella susurró –nunca olvides que te amé, tu eres el culpable de esto-
Sacó de sus manos una tijera que tenía escondida y la clavó al costado de su cuello, en aquella vena a la que las fieras acuden para minimizar a sus víctimas,como una fiera herida de muerte y desesperada por sobrevivir, así lo minimizó.
Adriano se separó, miraba desesperadamente a su verduga, cogió desesperadamente el sillón que estaba detrás de el y al volcarse cayó junto a él, convulsionando agónicamente.
Lena caminó hacia la puerta y entró a su cuarto, salió al vestíbulo con una maleta y una bolsa, caminó buscando la puerta trasera de su casa, por la que salió hacia el río…
Mientras el tren corría velozmente, todo dentro de el parecía ir a otro ritmo: los pasajeros estaban poseídos por una gran apatía, mientras que por sus ventanas, como un universo extraño al suyo, pasaban uno a uno los paisajes, confundiéndose entre sí, como una sola masa que se movía uniformemente hacia atrás.
Algunos miraban nostálgicamente a sus ventanas, presa de recuerdos que, cual gruesas cadenas, los ataban al lugar de donde salían; los menos despreocupados, que viajaban a menudo, dormían o leían algún libro o periódico.
Dentro del variado y multicolor grupo de personas presentes dentro del vagón económico, Lena se encontraba casi al final, cerca de la entrada, profundamente dormida, con la cabeza apoyada en el vidrio de la ventana, ajena al todo el cercano mundo que la rodeaba; el sol del atardecer, lleno de rayos dorados, le empezaba a dar de lleno en el rostro, pero ella no sentía nada, ni los ronquidos de la pobre mujer que dormía frente a ella, ni el trepidar del tren: nada.
El pequeño hijo de la mujer que dormía frente a Lena miraba asombrado el extraño cuadro que se presentaba frente a el, una jovencita de vestido blanco, con tonalidades grises, cubierta por un chal negro, el cabello suelto y alborotado que confundía y ocultaba entre sus rizos un sinnúmero de diminutas flores esparcidas en el, mientras que algunas, un poco mas grandes, rodeaban la parte alta de su cabeza, una maleta pequeña y un bolso de seda completaban la extraña imagen.
Un suspiro precedió el despertar de Lena, la cual a primera impresión, se topó con la atenta mirada del muchacho, Lena le sonrió, el niño por toda respuesta preguntó:
-¿Eres un hada?- Lena estaba a punto de reír de la ocurrencia cuando el tren se detuvo de improviso.
La intempestiva parada en el tren pareció alarmarla, se levanto un poco y un sudor helado empezó a correr por su espalda, “no te pongas nerviosa, estamos ya lejos, nadie sabe nada”.
Era una ciudad, bastante poblada, pues subieron varias personas, todas ocuparon los asientos como podían, la tranquilidad se convirtió en un gran alboroto, la mujer despertó e instintivamente sostuvo al niño, miró a Lena y le dio una sonrisa de lástima, ella sonrió también mientras fingía mirar distraída a la ventana, “nadie sabe nada, nadie no tiene porqué saber nada”; un sonido sordo y una respiración agitada la llevaron a mirar al hombre que se puso a su lado:
-Señoras- saludó quitándose el sombrero y siguió mirando distraídamente a las personas que se ubicaban, poco a poco, en los asientos disponibles – ¿Dónde se metió?- murmuró a media voz.
Luego volteó y con un acento simpático trató de empezar una conversación: - ¿Un largo viaje eh? ¿Desde donde vienen?-
-Cerro Viejo- contestó la mujer, -vamos hacia Ciudad Bendita- el hombre asintió, -¿Y usted?- el hombre miraba a Lena.
-Malpaso- respondió con nerviosismo.
- Entonces debe saber lo que pasó…- dijo en tono confidencial.
Lena sintió un vacío en el estómago, presa del pánico abrió sus grandes ojos azules “tranquila, actúa como si no supieras nada” – No, ¿Qué ha pasado?, no sé nada-
-Un acontecimiento horrible, un asesinato-
- ¡Santa Virgen Bendita!- exclamó la mujer.
-Asesinaron a una pareja de novios que iban a casarse hoy al mediodía- prosiguió el hombre- fue la amante del novio dicen, lo mato con unas tijeras y nadie sabe qué ha hecho con la novia, de seguro la mató y luego botó su cadáver al río, encontraron varios pedazos del vestido de la novia, en la orilla, manchados de sangre, el padre del novio vio a la amante con las manos en las tijeras, luego de haberlas sacado de la yugular del finado, estaba llorando, seguro arrepentida; acaban de informar todo en el boletín de las cinco.
- ¿Nadie ha encontrado a la novia?- musitó Lena.
- Los hombres del pueblo la siguen buscando pero no han encontrado nada- suspiró antes de continuar- dicen que era muy hermosa e hija del hacendado mas adinerado de ese lugar-
-Pobre niña- dijo la mujer, el tren volvió a detenerse y una voz se dejó escuchar: -¡Ciudad Bendita!- la mujer se levanto como impulsada por un resorte –Vamos- le dijo a su hijo, - con permiso- a Lena y al hombre y salió muy apurada jalando al niño que en todo momento no dejaba de mirar a Lena.
“No puede ser, ¿Cómo es posible que todo se haya complicado para ella? Hasta ayer ella estaba segura de su situación, me lo había dicho…”
-¿Señorita?- el hombre la miraba con interés- le pregunté hacia adónde iba-
-¿Eh?, no se, ¿Cuál es el último lugar hacia donde va este tren?- Lena estaba demasiado nerviosa, sus pelos erizados vibraban al compás de su respiración cada vez mas agitada. “¿Por qué tantas preguntas?”.
-El Fin del Mundo- el hombre la empezó a mirar intrigado -¿Le pasa algo?-
“¿Porqué dice ese nombre con tanta naturalidad? ¿Será aquel el nombre del lugar?”
-¿Señorita?- el hombre la tomo del brazo con sutileza, - ¿Seguro que usted está bien?-
- Si, si estoy bien- Lena se soltó- es allá a donde voy-
-Bien- el hombre pareció contentarse, miró atentamente hacia los asientos de adelante con el fin de encontrar una cara conocida, estuvo así por dos o tres minutos, hasta que dijo un “ahí esta” y disculpándose se retiró un par de asientos mas adelante donde otro joven, muy parecido a el, estaba sentado.
“¿Es demasiado evidente mi nerviosismo?, Dios, esto necesita terminarse, debe terminarse, no había otra salida: el me dañó, me engañó” Lena miraba inquieta la ventana, se sentía observada, “Han venido por mí, estoy segura, alguien debe estar cerca, un momento… ¿Por qué me alarmo? Ellos piensan que estoy muerta, están buscando en el río, nunca me encontrarán, entonces… ¿Qué pasará entonces? ¿Se darán cuenta de todo?, no, tampoco es posible, pensarán que me llevó el mar, se resignarán, ojala fuera así”
Miró al pasillo y dio una mirada a los demás asientos, ella estaba sola pero nadie la observaba, se tranquilizó un poco…
“No dejé evidencia de la verdad… ¿o sí? ¡Dios mío!, el diario…” empezó a buscar con desesperación en su bolso de seda, “Si alguien lo encuentra se enterará de todo y será mi fin”. Siguió buscando, entre todas las cosas que había traído consigo. Al fin lo halló, Lena lo cogió, lo apretó contra su pecho y lo miró atentamente.
“Está aquí, nadie lo puede leer entonces, debo cuidarlo mucho”, iba a tranquilizarse de nuevo cuando aquella sensación extraña, la angustia que carcomía todo su interior y que la volvía insegura, la volvió a invadir. “¿Por qué me pasa esto?, yo estoy bien, no hice mal, solo hice justicia, me habían engañado, todos me habían engañado. ¿Porqué todo me parece tan malo?, no, todo estaba bien, no hay huellas, nadie verá nada, solo somos mi conciencia y yo, nada puede estar mal, ellos se lo merecían”
El diario se resbaló de sus manos y cayó al suelo, ella lo sujetó pisándolo y lo levantó, lo tomo y lo sujetó aún más fuerte, suspiró y tomo la llavecita que estaba en su cuello, se detuvo un instante, al fin se decidió, tenía que abrirlo, tenía que hacerlo…
¿Qué habría pasado?, al salir Lena de la casa, se encaminó al río, donde se miró en el agua y se sacó el velo, se soltó el pelo y miró sus guantes llenos de sangre así como sus zapatillas y algunas tiras de su vestido, sintió pánico, “¿Qué he hecho?”. Se sacó las zapatillas, los guantes y empezó a lavarse con desesperación, las lágrimas brotaron de sus ojos otra vez y fijándose en las manchas de su vestido, empezó a romperlo, a tal modo que al finalizar el vestido terminaba en gruesas y puntiagudas tiras, abrió su bolso y sacó otras zapatillas y un chal negro, se los puso y tomando sus bultos, dejó todo atrás, para dirigirse a la ruta del tren que estaba muy cerca de allí.
Mientras Adriano seguía luchando por su vida, alguien abrió la puerta por la que Lena salió, era Amatista, preocupada por la tardanza de los novios, unos quejidos sordos distrajeron su atención:
-¡Adriano! ¡Dios mío! ¡¿Qué te ha hecho?!- Se inclinó hacia él moribundo que trataba de quitarse las tijeras, desesperado, Amatista cogió al cuerpo y comprendiendo el afán del moribundo sacó las tijeras del cuello.
Al momento una explosión de sangre la salpicó, Amatista gritó, cuando vió a Adriano de nuevo este ya estaba muerto…
Se escucharon pasos, la puerta se volvió a abrir, y tras ella apareció don Aníbal, lo demás es fácil de suponer…
Lena cerró los ojos para evitar aquella sensación de desesperación, era demasiado, tenía que olvidarlo todo, pero ¿cómo?, aún sentía el olor a sangre en sus fosas nasales, aún veía a Adriano con la mirada desesperada emitiendo sonidos guturales y temblando en el piso, era imposible olvidar todo eso.
Casi involuntariamente volteó la página del pequeño cuaderno: estaba en blanco. Lena sonrió, ahora lo entendía todo.
Una nueva voz la sacó de su abismo: había llegado al Fin del Mundo.

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