Debería escribirle, pienso, mientras veo la hoja vacía y espero que las horas transcurran lentamente, pero, ¿Qué debería escribirle? ¿Algún poema épico de amor o una oda heroica? ¿Una simple descripción sobre su persona?, podría escribirle tantas cosas…
Vino a mi
vida de repente, con la incertidumbre de no saber si era real o un espejismo,
si era uno más del montón o único, si me encontraría dispuesto a brindar a un
extraño una sonrisa o sólo le daría mi indiferencia. Dio el primer paso y,
gracias a la fortuna, me encontró allí, esperando pacientemente que el tiempo
pasara, entre diálogos exentos de toda emoción y melodías lúgubres que
flagelaban mi alma. Recuerdo que vencida la timidez y falta de confianza
originales, empezamos a cruzar palabras y frases interminables a través de la
pantalla de un ordenador y así pasamos juntos innumerables situaciones: a veces
reíamos, otras nos enojábamos el uno con el otro y otras simplemente nos
dejábamos embargar por la nostalgia de amores perdidos, que pasaron por nuestras
vidas cual huracanes, revolviéndolo todo.
Nos vimos
por primera y única vez un viernes 13, bajo las luces de una ciudad que ya no
era suya ni mía, que ya no era de nadie en realidad. Yo, distraído por
excelencia, sufría los embates del desánimo, producto de errores coyunturales
en el trabajo y él, de paso por la ciudad, se había dignado a brindarme unos
minutos de su existencia, sin saber, nuevamente, si es que encontraría a
alguien real o a un espejismo. Creo que encontró a un espejismo, o a alguien
real convertido en un espejismo de sí mismo.
El hecho
es que tuvo la osadía de intentar sacarme de mi estado y vaya que lo logró, la
tragedia no resultó ser tan fuerte una vez que intercambiamos las primeras
frases y de repente, como si conversara con aquel ordenador, me sentí
nuevamente en confianza, lo que estaba destinado a ser unos minutos de
conversación se tornó en una noche larga y amena, que terminó en una despedida,
un reencuentro y otra despedida forzada por un apagón.
Al día
siguiente la jornada se repitió por la tarde e igualmente pasamos un momento
agradable, pero el espejismo duro poco: mi estimado amigo volvería esa noche a
la ciudad que ahora lo alberga y pasaría nuevamente a ser esa voz que
escucharía de vez en cuando al otro lado de la línea telefónica o aquellas
líneas que me hablarían a través de la computadora.
A pesar
de todo el cariño no ha disminuido, muy por el contrario, ha aumentado a
niveles un poco alarmantes, pero la vida es así, somos humanos y no es ajeno a
nosotros el sentir.
Poco a
poco descubrí más de él, de sus anhelos, tragedias y alegrías. De sus afanes
autodestructivos y sus ganas de aislamiento voluntario. Algunas veces me hirió,
pero supe perdonarlo, sobretodo porque lo comprendo, porque sé lo que es estar
en esa situación, porque sé lo que es vivir así, mi cariño por el es tan grande
que mas que un simple conocido, le considero un amigo, mas que un amigo, le
considero un hermano en el espíritu.
Muchas
veces me desconcierta saber cuanto he llegado a quererle sin proponérmelo,
alguna vez le dije que tenía en si la miel y la hiel, lo duro y lo suave, lo
extraño y lo conocido, tantas cosas juntas, tantas sensaciones juntas, tantos
sentimientos juntos.
Se que
será grande, porque tiene un corazón noble y el alma indomable. Sé que me atrae
como imán, sé tantas cosas, pero no sé que nos depare el destino a ambos, tal
vez una historia épica o tal vez solo un pequeño tiempo adicional antes de que
emprenda el vuelo y continúe su camino, hacia nuevos horizontes.
Solo me gustaría
que mientras se encuentre formando parte de mi gris existencia, pueda ser
feliz, y me gustaría que deje que le haga ser feliz, a pesar de mis
limitaciones y que en los momentos de profundo pesar y melancolía pueda
encontrar en mí aquellos brazos que le recojan y le guarden, como un protector,
mientras que en su mente, suene mi voz, suavemente, para siempre, eternamente:
“Tranquilo, no te agites, todo estará bien”.
Chiclayo,
agosto de 2012