lunes, 9 de abril de 2012

Una Tarde Arcoiris


Vi uno ayer por la tarde, en el pueblo donde pasé toda mi niñez y en donde ahora paso mis días de autoaislamiento, un lugar donde la mayoría de veces no pasa otra cosa mas que el tiempo, lento y perezoso. Estaba cerca de casa cuando levanté la vista hacia el cielo vespertino, lleno de tonos oscuros y tristes, y me fijé en él, el detalle que marcaba la diferencia de un cielo que bien podía haber desanimado a la personalidad más eufórica de todos los alrededores.

Tal vez el haberlo visto no era un asunto de trascendencia, pero la coyuntura propia y personal de estos días me obligó a tomar una pausa en mi camino para dejarme llevar e impresionar por el apoteósico espectáculo: era inmenso, gigante, se diría que envolvía a todo el pueblo, como un enorme abrazo multicolor, su aspecto curvo le daba la apariencia de un portal que llevaba a un universo paralelo y mágico, donde no existían ni las tardes grises, ni el desánimo de días aciagos, ni las desilusiones descontroladas de sentimientos frustrados.

Dicen que su presencia es sinónimo de esperanza y buen augurio, en la Biblia se menciona que es la señal de la promesa de Dios para su pueblo de no destruirlo en un futuro… para mí, era todo eso y más, era un símbolo de redención, la marca de un antes y un después entre tantos días de tormenta.

Así que me senté a contemplar como terminaba de dibujarse en el cielo y consolidaba su existencia efímera y volátil. El ambiente pareció alegrarse, tropeles de niños salían a las calles gritando extasiados: “¡Arcoíris!, ¡Arcoíris!”, la calle toda pareció cambiar de ánimo: mientras los niños jugaban en la tierra, un grupo de libélulas lo hacía en el aire, me alegré con ellos.

En un momento, un débil rayo de sol hizo su aparición y una lluvia tenue empezó a bañar la tierra sedienta: La tarde perfecta, una tarde arcoíris, terminaba de entregarnos su perfección para luego dar paso a la lluvia y al calor propio de estos días de un verano invasivo, que se rehúsa a irse, a pesar de que su tiempo de quedarse ya pasó.

Mi amigo atmosférico empezó a decir adiós, se desdibujaba lentamente: primero, desde la parte superior del arco y terminando por aquellos multicolores brazos que lo unían a la tierra, que ahora desprendía un olor húmedo, olor a fertilidad.

Yo pasé a mi casa. Seguí con mi rutina habitual, y ya de noche, al momento de dormir, me soñé niño, saliendo desesperadamente de mi casa a disfrutar de esa misma tarde, jugando con los niños y con las libélulas bajo la lluvia hasta el ocaso, eternamente, gritando una y otra vez: “¡Arcoíris!, ¡Arcoíris!”

jueves, 5 de abril de 2012

Cicatrices


Cicatrices: Son marcas dejadas por heridas del pasado, algunas son tan recientes que aun duelen, pero lo importante es que son el principal síntoma de mejoría que augura la vuelta a la normalidad del cuerpo o alma que haya sido dañado.

He reclutado durante mis más de 23 años de existencia todo tipo de cicatrices, desde las más leves e insignificantes hasta las más profundas y dolorosas, algunas aún duelen hasta ahora. Pero sea cual fuere el tipo de cicatriz, lo cierto es que cada una representa una lección, una moraleja lograda del más doloroso y efectivo método.

Las cicatrices me han enseñado varias cosas, algunas lecciones de vida positivas como el caminar bien y fijarme por donde lo hago hasta algunas lecciones negativas como el no confiar en todas las personas que te rodean, aún así, positivas o negativas, hacen que vivas bien y que andes protegido ante cualquier eventualidad que pueda causarte daño nuevamente.

¿Será que alguien bastante dañado obtiene tantas cicatrices que estas le hacen imposible sentir nuevamente con la misma capacidad que antes? ¿Y que al tener un cuerpo y un alma más duros que el resto hace que las personas que choquen o rocen con ellos también salgan dañados? ¿Cuántas cicatrices debes tener para empezar a dañar a las personas que te rodean?

Algunas personas solo vagan por ahí envueltas en su dureza y haciendo daño a su alrededor, muchas veces sin saberlo.

El destino me hizo colisionar contra un objeto duro e inamovible, un ser que deslumbra con su aparente simpleza, pero que encerraba tras esa máscara un laberinto oscuro y confuso en el cual no pude evitar entrar y perderme durante el tiempo suficiente para empezar a extraviarme dentro de mí mismo.

Resultado: una cicatriz que aun sangra de vez en cuando y un poco más de dureza dentro de mí. Una lección de vida, una advertencia latente, penas y lágrimas que llegaron, se quedaron durante un tiempo considerable y que ya están pasando.

No puedo evitar el hacer esto, el saldar cuentas, el repasar todo lo que pasó, paso a paso y detectar el momento justo en el que caí por tu laberinto para perderme en ti y perder mi rumbo, no puedo evitar el recordar, el regresar hacia atrás en un afán desesperado de evitar la herida, matar los recuerdos y seguir adelante.

Ahora que entiendo y comprendo todo, ahora que identifiqué el momento justo en que estuve en la puerta de lo desconocido hubiera preferido despertar de ese sueño y seguir caminando, antes que empezara la pesadilla que obligó a dar un nuevo giro en mi camino. Mas no pude, tu luz engañosa me atraía hacia el laberinto y como un insecto, no pude resistir la tentación.

Recuerdo haberte comentado de mi temor, el mítico temor de abrir mis puertas a lo desconocido, pero tu resplandor me inspiró confianza y ciego seguí adelante, en fin, el resto de la historia no vale la pena contarla, el hecho es que seguimos así, heridos ambos y tratando de retomar el camino de cada quien ya en vías distintas.

Tu con tus cicatrices, yo con las mías, endurecidos una vez más, haciendo daño sin querer, o queriendo, depende de cada uno.