Vi uno ayer por la tarde, en el pueblo donde pasé toda mi
niñez y en donde ahora paso mis días de autoaislamiento, un lugar donde la
mayoría de veces no pasa otra cosa mas que el tiempo, lento y perezoso. Estaba
cerca de casa cuando levanté la vista hacia el cielo vespertino, lleno de tonos
oscuros y tristes, y me fijé en él, el detalle que marcaba la diferencia de un
cielo que bien podía haber desanimado a la personalidad más eufórica de todos
los alrededores.
Tal vez el haberlo visto no era un asunto de trascendencia,
pero la coyuntura propia y personal de estos días me obligó a tomar una pausa
en mi camino para dejarme llevar e impresionar por el apoteósico espectáculo:
era inmenso, gigante, se diría que envolvía a todo el pueblo, como un enorme
abrazo multicolor, su aspecto curvo le daba la apariencia de un portal que
llevaba a un universo paralelo y mágico, donde no existían ni las tardes
grises, ni el desánimo de días aciagos, ni las desilusiones descontroladas de
sentimientos frustrados.
Dicen que su presencia es sinónimo de esperanza y buen
augurio, en la Biblia se menciona que es la señal de la promesa de Dios para su
pueblo de no destruirlo en un futuro… para mí, era todo eso y más, era un
símbolo de redención, la marca de un antes y un después entre tantos días de
tormenta.
Así que me senté a contemplar como terminaba de dibujarse en
el cielo y consolidaba su existencia efímera y volátil. El ambiente pareció
alegrarse, tropeles de niños salían a las calles gritando extasiados: “¡Arcoíris!,
¡Arcoíris!”, la calle toda pareció cambiar de ánimo: mientras los niños jugaban
en la tierra, un grupo de libélulas lo hacía en el aire, me alegré con ellos.
En un momento, un débil rayo de sol hizo su aparición y una
lluvia tenue empezó a bañar la tierra sedienta: La tarde perfecta, una tarde
arcoíris, terminaba de entregarnos su perfección para luego dar paso a la
lluvia y al calor propio de estos días de un verano invasivo, que se rehúsa a
irse, a pesar de que su tiempo de quedarse ya pasó.
Mi amigo atmosférico empezó a decir adiós, se desdibujaba
lentamente: primero, desde la parte superior del arco y terminando por aquellos
multicolores brazos que lo unían a la tierra, que ahora desprendía un olor
húmedo, olor a fertilidad.
Yo pasé a mi casa. Seguí con mi rutina habitual, y ya de
noche, al momento de dormir, me soñé niño, saliendo desesperadamente de mi casa
a disfrutar de esa misma tarde, jugando con los niños y con las libélulas bajo
la lluvia hasta el ocaso, eternamente, gritando una y otra vez: “¡Arcoíris!,
¡Arcoíris!”
1 comentario:
Vi el arcoiris!
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