
¿Alguna vez has viajado en la Compañía Ferroviaria del Sureste? ¿No?, bueno, la verdad no te has perdido de nada, pues poca gente viaja hacia esos pueblos, son pueblos olvidados dicen, estancados en su época, los pocos que fueron y lograron regresar cuentan que viajar hacia ese lugar es como viajar a un museo de historia de la humanidad, cada pueblo vive según una época determinada, estancados en el tiempo, tan solos, pero sin embargo dicen que es increíble ver a los niños jugar libres por las plazas y a los enamorados regalándose flores, se han visto estanques llenos de peces dorados y bosques enormes con unos árboles tan grandes que uno solo puede ser una mansión; pero como te dije no nos perdemos de nada, nuestro mundo es mejor ¿Verdad que lo es? Tenemos todo a nuestro alcance, somos felices, de eso no nos cabe duda.
Una vez me senté en la calle, esa que está llena de autos apurados por llegar a su destino, me senté a contemplar ese espectáculo alegre… ¡Hay tanta vida en esa calle! Y me percaté que cerca, a mis espaldas, había un hombre ciego, de esos que vuelven feo nuestro bello paisaje, y lo miré, y mientras me preguntaba cómo es que había llegado el hacia allí, el suspiró y me habló con su voz ronca, casi sepulcral: “¿Puedo ayudarte?” yo reí, ¿Cómo es que un sucio e indigente ciego podría ayudarme?
La pregunta sonó casi a burla, bueno era una burla: ¿Cómo llegaste a ser ciego?, y luego solté una conjetura muy profunda: “de seguro nunca has visto nada interesante, sabes viejo, este mundo tiene mucho de bello y que pena que no hayas visto nada de él”.
Esta vez el que rió fue él: “He visto mucho más que tú jovencito, he viajado hasta en Sureste”, no lo pude evitar, carcajeé estrepitosamente: “Dime anciano, ¿Qué viste cuando viajaste a la nada?”, el hombre se acomodó en su montón de cartones viejos y luego se suspirar empezó a hablar:
“Cuando tenía tu edad alguien dejó bajo mi puerta un boleto amarillo que me invitaba a un viaje desconocido, algo que cambiaría mi vida para siempre decía, lo dudé por varios días y luego me decidí debido a circunstancias que ahora he olvidado, así que fui y subí a un vagón vacío, me dio la bienvenida un payaso muy triste que me acompañó hasta que tomé siento, luego se detuvo en el pasadizo e hizo un número de malabares con unos discos naranjas, luego bajó y con él la puerta se cerró al tiempo que el tren dio sus trepidaciones finales y empezó a andar.
Lo que dice la gente es verdad chico, aquella tarde, mientras fumaba cigarrillos, veía por la ventana como una película pasaba ante mis ojos, era la historia de la humanidad, vi a todos los grandes momentos de nuestra historia pasar ante mis ojos, en medio de los estremecimientos que generaba en mí la emoción y el miedo de descubrir lo desconocido, me preguntaba si en esos lugares podría encontrar a los personajes que siempre quise conocer ¿Te imaginas? Julio César, Jesucristo, Napoleón y a todos aquellos de los que se nos ha hablado hasta el hartazgo, pero no, el vehículo no se detuvo y continuó su marcha hasta que llegué a un lugar bastante extraño, el pueblo se llamaba Modernidad.
Habría viajado por más de cinco horas ininterrumpidas hasta que el tren repentinamente se detuvo, la puerta se abrió, el payaso volvió a aparecer con su sonrisa triste y su traje de arlequín y quitándose el ridículo sombrero me dijo: “Llegamos, aquí baja usted”.
“¿Qué es este lugar?”, pregunté asustado mientras bajaba y contemplaba aquel paisaje estremecedor, a lo que el hombre de la falsa sonrisa me dijo con lástima:
- Es el pueblo hacia donde tenías que venir.
- Pero aquí no hay nada, sólo estatuas, están como petrificadas, ¿Quien hizo este espectáculo tan horrendo?
- El tiempo- dijo el payaso, con aire despreocupado – seré tu guía, el tren volverá al caer la tarde, hay una historia que explica la razón de esto, todo tiene una razón, todo tendrá una maldita razón.
Me sentí muy asustado por lo que estaba viendo mientras caminaba: era una ciudad muy parecida a mía, pero todo estaba fijo e inamovible, como si hubieras puesto pausa a una película, esas estatuas eran tan reales… ¿Qué significaba todo eso?
- Yo te lo contaré- dijo el payaso – hay una historia que debes conocer.
- No estaba hablando, ¿Cómo? ¿Escuchas lo que pienso?
- Hay tanto silencio es este lugar, que cualquier cosa puede ser escuchada… Hemos llegado.
- ¿Qué es este lugar?
- Es Columbus
- ¿Quién?
- Siéntate ya te lo contaré…
Me senté en una piedra, en realidad el lugar era un viejo campanario, tan negro y tan mustio que parecía un esqueleto, pero era muy alto, tan imponente como diez iglesias superpuestas una encima de la otra…
- Cuando fue creado, Columbus fue el orgullo de la ciudad- empezó a contar el payaso- era tan alto que para subir a la cima se necesitaba una mañana entera, ya sabes, él era sólo una de esas cosas que el hombre construye para vanagloriarse de su grandeza, en fin, el estaba orgulloso de sí mismo también y cada hora hacía tañer sus campanas las cuales resonaban en todo el Sureste…
- ¿Cómo? ¿Tenía personalidad?
- Cállate y no interrumpas- gruñó el hombre mientras se bajaba el sombrero y lo arrugaba entre sus manos- Era real, como todas las cosas del mundo, como todas las cosas que existen y que alguna vez existieron aquí.
Toda la ciudad estaba orgullosa de él, decían que era lo mejor que el hombre había hecho en toda su historia y se felicitaban los unos a los otros como lo habría hecho cualquier hombre común y corriente ante cualquier objeto que hubiera podido aumentar su ego, pero como también pasan la mayoría de veces, el campanario dejó de ser la novedad y así pasaron los años y los que lo vieron erigirse en medio de la ciudad murieron, siguieron sus hijos, los nietos y así tres generaciones, las cuales sólo daban importancia al campanario por los avisos horarios que les servían para mejorar la organización de sus actividades.
Columbus envejeció entonces con el tiempo y, solo y olvidado, empezó a morir, sus campanas eran agónicas y lúgubres e hicieron que la ciudad entera se disgustara con tan oscuros tañidos.
Hasta que una tarde de otoño, llegó hacia él una paloma perdida, había volado horas enteras buscando a su bandada pero el día estaba llegando a su fin, desesperada y triste se acurrucó cerca a uno de los aleros de la torre, al lado de la campana y allí paso la noche.
Al día siguiente, el ave salió a buscar a su grupo de nuevo y no los volvió a encontrar, fue entonces cuando se decidió a quedarse en el campanario con la esperanza de que volvieran a buscarla, se alimentó y regresó con una rama de olivo en el pico y empezó a hacer un nido, volaba todas las mañanas y regresaba al mediodía para escuchar las campanadas que para ella eran una fiesta.
Columbus y la paloma se enamoraron, el no dejaba de contar las horas que faltaban para que llegue el mediodía, y tocaba las campanas de la manera más alegre jamás concebida, por la tarde la paloma se acomodaba en su nido, exhausta, y junto a él contemplaban en atardecer, momento en el cual las campanadas sonaban como arrullos hasta que finalmente la paloma dormía.
Fue así todo el otoño, vieron a los árboles quedarse sin hojas y al viento llevárselas hacia el horizonte, vieron ponerse gris al cielo y vieron caer los primeros copos de nieve: había llegado el invierno.
Fueron meses difíciles, la paloma volaba y volaba y no encontraba alimento ni hojas para reforzar su nido así que pronto cayó enferma de muerte, Columbus la arrulló y la arrulló hasta que el débil hilo que sostenía su vida, sus vidas, se rompió.
Un crujido sonó desde lo más profundo de la torre y se expandió por toda la ciudad, era mediodía, sólo sonó una campanada, tristísima, eterna, aguda y fastidiosa para la ciudad entera, Columbus decía adiós también.
La ciudad no lo comprendió y muy incómodos por el insoportable sonido decidieron derribarlo, cueste lo que cueste, lo planearon para el amanecer, pero cuando el sol declinaba, Columbus dejó de tocar y con él, la ciudad se detuvo, para siempre.
- ¿Qué era Columbus?- no podía aguantar más, tenía que preguntar.
- El corazón de la ciudad- contestó el payaso – ya es hora, debemos irnos.
Nos levantamos y mientras caminábamos hacia la estación, el payaso me contó que la historia de nuestra ciudad era nuestra historia y que debía encontrar al corazón de mi ciudad y salvar a lo que lo mantenía vivo, ¿Cómo? Aquello era tan extraño e irracional que no me imaginaba que realmente tuviera sentido.
Al llegar el tren subí apesadumbrado ¿Qué habría intentado decirme el payaso? Antes de sentarme me tomó del hombro y me dijo “Tienes sólo un año, luego dejarás de formar parte de ese mundo” me confundí aún mas ¿Era aquello una misión?, yo no la había pedido, era sólo un viaje nada mas, cansado me empecé a dormir, ya no quería ver más.
Me despertó una mano en el hombro, pensé que era el payaso indicándome la llegada pero no, era un policía, mientras recuperaba la conciencia escuchaba a medias lo que decía: ¿Qué hacía allí? En un tren viejo… si tenía a alguien, si estaba perdido yo solo atiné a responder:
- Estuve viajando
- ¿Cómo?, si este tren no se ha movido en décadas, ¿Estás bien?
Me levanté sorprendido, no era posible, ese hombre estaba mintiéndome entonces, cuando miré a mi alrededor y me di cuenta que era un tren viejo, que no había nada nuevo, solo yo y mis maletas, y un cuadro de un arlequín triste botado en un rincón, el cual tomé cuando bajé.
Así que el año pasó y no fui capaz de encontrar el corazón de la ciudad, nunca lo busqué, no entendí pero ahora que ya no formo parte de este mundo y puedo ver las cosas desde otro ángulo he comprendido todo, somos esa ciudad, no sé si el corazón ya haya muerto pero nosotros somos esa ciudad” el hombre volvió a suspirar.
Me levanté sin decir palabra, el hombre me tomó de la mano y dejó en ellas un papel viejo, amarillo, y me dijo “anda, búscalo” y me quedé en una pieza.
¿Verdad que nuestro mundo es perfecto? Dime que ese pobre mendigo estaba loco, ¿Estamos muertos? ¿Somos estatuas? Porque yo me muevo, puedo moverme, ¿Me darías una respuesta?
Una vez me senté en la calle, esa que está llena de autos apurados por llegar a su destino, me senté a contemplar ese espectáculo alegre… ¡Hay tanta vida en esa calle! Y me percaté que cerca, a mis espaldas, había un hombre ciego, de esos que vuelven feo nuestro bello paisaje, y lo miré, y mientras me preguntaba cómo es que había llegado el hacia allí, el suspiró y me habló con su voz ronca, casi sepulcral: “¿Puedo ayudarte?” yo reí, ¿Cómo es que un sucio e indigente ciego podría ayudarme?
La pregunta sonó casi a burla, bueno era una burla: ¿Cómo llegaste a ser ciego?, y luego solté una conjetura muy profunda: “de seguro nunca has visto nada interesante, sabes viejo, este mundo tiene mucho de bello y que pena que no hayas visto nada de él”.
Esta vez el que rió fue él: “He visto mucho más que tú jovencito, he viajado hasta en Sureste”, no lo pude evitar, carcajeé estrepitosamente: “Dime anciano, ¿Qué viste cuando viajaste a la nada?”, el hombre se acomodó en su montón de cartones viejos y luego se suspirar empezó a hablar:
“Cuando tenía tu edad alguien dejó bajo mi puerta un boleto amarillo que me invitaba a un viaje desconocido, algo que cambiaría mi vida para siempre decía, lo dudé por varios días y luego me decidí debido a circunstancias que ahora he olvidado, así que fui y subí a un vagón vacío, me dio la bienvenida un payaso muy triste que me acompañó hasta que tomé siento, luego se detuvo en el pasadizo e hizo un número de malabares con unos discos naranjas, luego bajó y con él la puerta se cerró al tiempo que el tren dio sus trepidaciones finales y empezó a andar.
Lo que dice la gente es verdad chico, aquella tarde, mientras fumaba cigarrillos, veía por la ventana como una película pasaba ante mis ojos, era la historia de la humanidad, vi a todos los grandes momentos de nuestra historia pasar ante mis ojos, en medio de los estremecimientos que generaba en mí la emoción y el miedo de descubrir lo desconocido, me preguntaba si en esos lugares podría encontrar a los personajes que siempre quise conocer ¿Te imaginas? Julio César, Jesucristo, Napoleón y a todos aquellos de los que se nos ha hablado hasta el hartazgo, pero no, el vehículo no se detuvo y continuó su marcha hasta que llegué a un lugar bastante extraño, el pueblo se llamaba Modernidad.
Habría viajado por más de cinco horas ininterrumpidas hasta que el tren repentinamente se detuvo, la puerta se abrió, el payaso volvió a aparecer con su sonrisa triste y su traje de arlequín y quitándose el ridículo sombrero me dijo: “Llegamos, aquí baja usted”.
“¿Qué es este lugar?”, pregunté asustado mientras bajaba y contemplaba aquel paisaje estremecedor, a lo que el hombre de la falsa sonrisa me dijo con lástima:
- Es el pueblo hacia donde tenías que venir.
- Pero aquí no hay nada, sólo estatuas, están como petrificadas, ¿Quien hizo este espectáculo tan horrendo?
- El tiempo- dijo el payaso, con aire despreocupado – seré tu guía, el tren volverá al caer la tarde, hay una historia que explica la razón de esto, todo tiene una razón, todo tendrá una maldita razón.
Me sentí muy asustado por lo que estaba viendo mientras caminaba: era una ciudad muy parecida a mía, pero todo estaba fijo e inamovible, como si hubieras puesto pausa a una película, esas estatuas eran tan reales… ¿Qué significaba todo eso?
- Yo te lo contaré- dijo el payaso – hay una historia que debes conocer.
- No estaba hablando, ¿Cómo? ¿Escuchas lo que pienso?
- Hay tanto silencio es este lugar, que cualquier cosa puede ser escuchada… Hemos llegado.
- ¿Qué es este lugar?
- Es Columbus
- ¿Quién?
- Siéntate ya te lo contaré…
Me senté en una piedra, en realidad el lugar era un viejo campanario, tan negro y tan mustio que parecía un esqueleto, pero era muy alto, tan imponente como diez iglesias superpuestas una encima de la otra…
- Cuando fue creado, Columbus fue el orgullo de la ciudad- empezó a contar el payaso- era tan alto que para subir a la cima se necesitaba una mañana entera, ya sabes, él era sólo una de esas cosas que el hombre construye para vanagloriarse de su grandeza, en fin, el estaba orgulloso de sí mismo también y cada hora hacía tañer sus campanas las cuales resonaban en todo el Sureste…
- ¿Cómo? ¿Tenía personalidad?
- Cállate y no interrumpas- gruñó el hombre mientras se bajaba el sombrero y lo arrugaba entre sus manos- Era real, como todas las cosas del mundo, como todas las cosas que existen y que alguna vez existieron aquí.
Toda la ciudad estaba orgullosa de él, decían que era lo mejor que el hombre había hecho en toda su historia y se felicitaban los unos a los otros como lo habría hecho cualquier hombre común y corriente ante cualquier objeto que hubiera podido aumentar su ego, pero como también pasan la mayoría de veces, el campanario dejó de ser la novedad y así pasaron los años y los que lo vieron erigirse en medio de la ciudad murieron, siguieron sus hijos, los nietos y así tres generaciones, las cuales sólo daban importancia al campanario por los avisos horarios que les servían para mejorar la organización de sus actividades.
Columbus envejeció entonces con el tiempo y, solo y olvidado, empezó a morir, sus campanas eran agónicas y lúgubres e hicieron que la ciudad entera se disgustara con tan oscuros tañidos.
Hasta que una tarde de otoño, llegó hacia él una paloma perdida, había volado horas enteras buscando a su bandada pero el día estaba llegando a su fin, desesperada y triste se acurrucó cerca a uno de los aleros de la torre, al lado de la campana y allí paso la noche.
Al día siguiente, el ave salió a buscar a su grupo de nuevo y no los volvió a encontrar, fue entonces cuando se decidió a quedarse en el campanario con la esperanza de que volvieran a buscarla, se alimentó y regresó con una rama de olivo en el pico y empezó a hacer un nido, volaba todas las mañanas y regresaba al mediodía para escuchar las campanadas que para ella eran una fiesta.
Columbus y la paloma se enamoraron, el no dejaba de contar las horas que faltaban para que llegue el mediodía, y tocaba las campanas de la manera más alegre jamás concebida, por la tarde la paloma se acomodaba en su nido, exhausta, y junto a él contemplaban en atardecer, momento en el cual las campanadas sonaban como arrullos hasta que finalmente la paloma dormía.
Fue así todo el otoño, vieron a los árboles quedarse sin hojas y al viento llevárselas hacia el horizonte, vieron ponerse gris al cielo y vieron caer los primeros copos de nieve: había llegado el invierno.
Fueron meses difíciles, la paloma volaba y volaba y no encontraba alimento ni hojas para reforzar su nido así que pronto cayó enferma de muerte, Columbus la arrulló y la arrulló hasta que el débil hilo que sostenía su vida, sus vidas, se rompió.
Un crujido sonó desde lo más profundo de la torre y se expandió por toda la ciudad, era mediodía, sólo sonó una campanada, tristísima, eterna, aguda y fastidiosa para la ciudad entera, Columbus decía adiós también.
La ciudad no lo comprendió y muy incómodos por el insoportable sonido decidieron derribarlo, cueste lo que cueste, lo planearon para el amanecer, pero cuando el sol declinaba, Columbus dejó de tocar y con él, la ciudad se detuvo, para siempre.
- ¿Qué era Columbus?- no podía aguantar más, tenía que preguntar.
- El corazón de la ciudad- contestó el payaso – ya es hora, debemos irnos.
Nos levantamos y mientras caminábamos hacia la estación, el payaso me contó que la historia de nuestra ciudad era nuestra historia y que debía encontrar al corazón de mi ciudad y salvar a lo que lo mantenía vivo, ¿Cómo? Aquello era tan extraño e irracional que no me imaginaba que realmente tuviera sentido.
Al llegar el tren subí apesadumbrado ¿Qué habría intentado decirme el payaso? Antes de sentarme me tomó del hombro y me dijo “Tienes sólo un año, luego dejarás de formar parte de ese mundo” me confundí aún mas ¿Era aquello una misión?, yo no la había pedido, era sólo un viaje nada mas, cansado me empecé a dormir, ya no quería ver más.
Me despertó una mano en el hombro, pensé que era el payaso indicándome la llegada pero no, era un policía, mientras recuperaba la conciencia escuchaba a medias lo que decía: ¿Qué hacía allí? En un tren viejo… si tenía a alguien, si estaba perdido yo solo atiné a responder:
- Estuve viajando
- ¿Cómo?, si este tren no se ha movido en décadas, ¿Estás bien?
Me levanté sorprendido, no era posible, ese hombre estaba mintiéndome entonces, cuando miré a mi alrededor y me di cuenta que era un tren viejo, que no había nada nuevo, solo yo y mis maletas, y un cuadro de un arlequín triste botado en un rincón, el cual tomé cuando bajé.
Así que el año pasó y no fui capaz de encontrar el corazón de la ciudad, nunca lo busqué, no entendí pero ahora que ya no formo parte de este mundo y puedo ver las cosas desde otro ángulo he comprendido todo, somos esa ciudad, no sé si el corazón ya haya muerto pero nosotros somos esa ciudad” el hombre volvió a suspirar.
Me levanté sin decir palabra, el hombre me tomó de la mano y dejó en ellas un papel viejo, amarillo, y me dijo “anda, búscalo” y me quedé en una pieza.
¿Verdad que nuestro mundo es perfecto? Dime que ese pobre mendigo estaba loco, ¿Estamos muertos? ¿Somos estatuas? Porque yo me muevo, puedo moverme, ¿Me darías una respuesta?
…
Hoy es el día, he tomado mis maletas, nadie ha querido responderme, yo que pensé que eran mis amigos, el mendigo ya ha muerto y he tomado los boletos amarillos, me he puesto un abrigo y un sombrero, pues no sé si hará frío allá y he subido al viejo tren de la Compañía Ferroviaria del Sureste.
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