jueves, 24 de noviembre de 2011

ASALTO A LA RUTINA


Muchas veces, la rutina hace parecer que nuestras vidas se mantengan estáticas y que no haya acción realizable que nos pueda sacar de ese círculo vicioso que nos envuelve cada día, muchas veces nos dedicamos a andar rodeados de nuestros propios pensamientos y no logramos percibir cuando se nos viene encima un acontecimiento que nos planta de nuevo en tierra y que nos hace despertar.

La sensación es tan fuerte como un par de cachetadas aplicadas en tu rostro mientras duermes; sea como fuere, muchas veces esa sensación nos resulta agradable después de todo, otras no tanto, en fin, todo depende de la suerte que nos toque a cada uno.

Quise escribir sobre esto ayer, pero estaba tan alterado que no sabía por dónde empezar, las ideas solo daban vueltas en mi cabeza y se mezclaban, chocaban y se separaban una y otra vez… aquello en mi tiene un nombre: adrenalina, y me cuesta pensar que es precisamente en esos momentos en los que me comporto del modo más humanamente razonable… cosas de la vida dicen por allí.

Y sucedió así:

Todo amenazaba con que mi miércoles, fuera un día completamente normal: temprano, por la mañana, el ansiolítico me jugó nuevamente una mala pasada, me quedé dormido y por consiguiente, llegué tarde al trabajo, algo ya usual. Mi jefa me llamó diciendo que estaba varada en Cajamarca y que no podía regresar, así que mi día transcurrió tranquilo entre contestar llamadas de teléfono y resolver asuntos diarios en la oficina, repito, algo usual.

Al mediodía fui a la universidad a contactarme con mi asesor de tesis, quien otorgó un poco de luz en el tenebroso camino de aquello que llamamos “investigación científica”; una novedad que sería bien recibida de no ser porque desde hace algunos meses el tema de la tesis fuese una piedra en el zapato presente en mi día a día, ya saben, de ello depende mi título.

Ya de regreso en el trabajo, por la tarde, la rutina continuó, el teléfono continuó sonando, los correos seguían llegando y fue entonces cuando decidí romper mi rutina… se supondría que tenía una reunión a las siete de la noche con un grupo de compañeros con los cuales se viene cocinando un proyecto, a veces a fuego lento, a veces a fuego moderado, casi nunca rápido. Decidí trabajar con ellos lo más rápido posible y luego salir a conversar o a tomar un café, en fin, tenía planeado que mi día termine con una noche amena y agradable.

A las siete de la noche estuve en el sitio de reunión acordado, esperándolos, y luego de unos minutos de espera y de algunas llamadas, llegué a la conclusión de que la reunión no se realizaría, que seguíamos cocinándonos a fuego lento, ni modo me dije, tendría que adelantar mi café.

Al momento de llamar a la persona con la que quería tomar mi café y conversar me dijo que no estaba segura de salir, que de hacerlo vería el modo de comunicarse conmigo. No sonó muy convincente así que me desilusioné, me dije a mí mismo “Que demonios, este día no tenía nada de especial, así que no tendría que ser diferente” y me dispuse a regresar caminando a casa, pensando, en todo lo que me había pasado durante el día, en la rutina y en la alarmante tranquilidad con lo que todo pasa en mi vida ultimamente; pensaba en que muchas veces estar alejado de todo lo conocido de este mundo tenía sus ventajas, pero que en momentos como el que estaba pasando siempre caía bien alguien con quien compartir un café, un par de palabras o un cigarrillo…

Y vino, ella, la maldita, la que se encarga de malograr mis días más tranquilos y destruir los pequeños chispazos de felicidad con los que cuento esporádicamente: La depresión. Por más absurdo que pueda parecer, el camino de regreso a casa se me hizo largo y se me llenó de pensamientos negativos: después de mucho tiempo renegué de la soledad que había traído hacia mí voluntariamente, de mi actitud de alejar de mí a la gente que quiero y estimo, solo por darme el gusto de sentirme libre, renegué de todo ello y de miles cosas más: del clima, de la coyuntura política, todo mientras caminaba hacia casa, estaba a tres cuadras de llegar a mi destino, cuando un grito me sacó de mi cavilación:

- ¡Suelta Todo!

- ¿Qué?

- ¡Que sueltes todo carajo!

Sentí que alguien me dobló el brazo y me sujetó fuertemente por la espalda, mientras que la persona que me habló al inicio me apuntaba en el cuello con algo que no logré identificar. De más está decir que en ese momento los insultos y amenazas fueron los únicos elementos que rodearon mi universo cercano, así como la fuerza con la que fui despojado de mis pertenencias.

Solo fueron algunos segundos, que se hicieron muy largos, al final, un empujón, mi cuerpo cayendo sobre la pared y las dos personas huyeron con rumbo desconocido…

Me quedé inmóvil por un momento, asustado, sin pensar y sintiendo como, poco a poco, la sangre volvía a transitar por mi cuerpo de modo normal. Pensé en todo lo que había estado pensando antes de que sucedieran los hechos y de repente me empecé a reír… choros hijos de puta.


Sin querer, gracias a esos indeseables, mi rutina cambió, terminé mi noche corriendo de un banco a otro bloqueando mis tarjetas y poniendo una denuncia en una comisaría… cosas de la vida.

4 comentarios:

Julissa B. Rodríguez Castro dijo...

Sin duda fue un dia de miércoles. Si no lo dije antes t lo digo ahora, ser libre no significa alejar a los que quieres sino compartir con ellos esos momentos bonitos y ser feliz con ellos, asi como tb puedes ser feliz y libre contigo mismo, tu solito y con los demas. Y cuidat muchos pes amigo recuerda q hay muchos q t queremos y nos preocupamos x ti. Ya para navidad t cae de regalo la billetera nueva :)

@fatimadelpilar dijo...

Chócala???

Manuel_Delgado dijo...

Gracias Julissa, eres lo máximo!!!

Manuel_Delgado dijo...

Te la choco Fatima!!!