
Toda la vida me pregunté qué existía ahora tras aquella puerta, si es que había luz o oscuridad, si acaso existía en ella amor u odio, razón o locura, susurros o gritos; nunca supe que había en ella, nunca me atreví a cruzarla de nuevo, cada vez que me acercaba a ella, todos mis temores infantiles corroían mi demacrada alma y me dejaban tendido en el piso, inconsciente, sin aliento.
Nunca decidí tener el valor suficiente para saber si podría tomar y resolver los retos que la vida me ponía en el camino, siempre preferí vivir en un mundo secreto y mío, lejos de toda realidad y sentimiento, la frialdad de mi mundo se reflejaba en mi cuerpo, en mi mirada, en todo mi rostro.
He pasado aquí siglos enteros, durmiendo de día y llorando de noche, a veces presa del pánico, otras de excitación, otras de alegría, en cada caso heladas lágrimas caían de mis ojos y manchaban el piso y las paredes de mi lugar: lagrimas de sangre, sangre fría y oscura, fruto de la soledad y del tiempo, mis únicos compañeros ahora y mis grandes enemigos.
Hace medio siglo que la última de mis doncellas, traída de cualquier pueblo por el último de mis eunucos ha muerto y ni siquiera el vivir junto a ella los postreros años de su mortal existencia me ha conmovido ni me ha animado a salir de mi encierro, el hambre ha desaparecido de mi cuerpo y la considero ahora como el último lazo que me unía a este mundo mortal.
Recuerdo cuando dejé el palacio celestial, conmovido por el mensaje de aquel ser alado que me brindó sus alas para buscar la eternidad y la felicidad guardando un castillo antiquísimo que ahora yace perdido entre bosques de ancianos árboles, seguro que cubierto de maleza y tierra que a través de los siglos lo han hecho parecer una montaña enorme… es cierto, nadie conoce de mi existencia, solo los pueblos aledaños, cuyos habitantes me tienen mucho miedo y ni siquiera quieren nombrarme.
Estoy solo, esperando la misericordia divina, esperando el último indulto, la orden de abandonar mi eterna condena y salir a ese mundo exterior. Dicen que cuando ese día llegue la tierra entera temblará y muchos morirán, pero esas son patrañas, yo no soy un anuncio de destrucción, solo un ángel caído, aquel que se enamoró de la humanidad y se dejó vencer por sus efímeras promesas de grandeza y placer, solo fui eso, una victima mas de los engaños e invenciones de este cruel mundo inventado por si mismo.
Recuerdo la ira del ser supremo, las miradas descendiendo hacia el piso y las señales negativas de mis compañeros, mi voz rota pidiendo clemencia… una expulsión y luego esta eterna soledad.
Al principio no lo podía soportar, salía por las noches y buscaba la inocencia para apoderarme de ella y de esa manera regresar a mi palacio, la encontraba en aquellos niños que dormían tranquilamente, los tomaba y me los llevaba para aprender de ellos, pero al parecer todo ser viviente que llevaba tiempo junto a mi quedaba presa de una rara maldición: poco a poco se transformaban en seres malignos que disfrutaban del sufrimiento humano, algunos escaparon, pero otros me tomaron cariño y se quedaron junto a mí.
Ellos me contaban que tal vez encontraría la inocencia en mujeres vírgenes, así que empezaron a traerme una y otra, pero todas ellas morían presas del pánico y del horror que les producía mi presencia.
Así que decidí dejar de hacer daño y resignarme a mi condena, cada cierto tiempo viene uno como yo a atormentarme con predicciones y señales que antecederán el término de mi pena, al final de los tiempos dice… la puerta del castillo se abrirá y tendré que salir.
Hoy he despertado y la he encontrado abierta, me he preguntado una vez más que habría afuera ahora y con mucho miedo he decidido salir: a encontrar mi destino, a iniciar una nueva etapa, o tal vez a terminarla… eso no lo sé.
Nunca decidí tener el valor suficiente para saber si podría tomar y resolver los retos que la vida me ponía en el camino, siempre preferí vivir en un mundo secreto y mío, lejos de toda realidad y sentimiento, la frialdad de mi mundo se reflejaba en mi cuerpo, en mi mirada, en todo mi rostro.
He pasado aquí siglos enteros, durmiendo de día y llorando de noche, a veces presa del pánico, otras de excitación, otras de alegría, en cada caso heladas lágrimas caían de mis ojos y manchaban el piso y las paredes de mi lugar: lagrimas de sangre, sangre fría y oscura, fruto de la soledad y del tiempo, mis únicos compañeros ahora y mis grandes enemigos.
Hace medio siglo que la última de mis doncellas, traída de cualquier pueblo por el último de mis eunucos ha muerto y ni siquiera el vivir junto a ella los postreros años de su mortal existencia me ha conmovido ni me ha animado a salir de mi encierro, el hambre ha desaparecido de mi cuerpo y la considero ahora como el último lazo que me unía a este mundo mortal.
Recuerdo cuando dejé el palacio celestial, conmovido por el mensaje de aquel ser alado que me brindó sus alas para buscar la eternidad y la felicidad guardando un castillo antiquísimo que ahora yace perdido entre bosques de ancianos árboles, seguro que cubierto de maleza y tierra que a través de los siglos lo han hecho parecer una montaña enorme… es cierto, nadie conoce de mi existencia, solo los pueblos aledaños, cuyos habitantes me tienen mucho miedo y ni siquiera quieren nombrarme.
Estoy solo, esperando la misericordia divina, esperando el último indulto, la orden de abandonar mi eterna condena y salir a ese mundo exterior. Dicen que cuando ese día llegue la tierra entera temblará y muchos morirán, pero esas son patrañas, yo no soy un anuncio de destrucción, solo un ángel caído, aquel que se enamoró de la humanidad y se dejó vencer por sus efímeras promesas de grandeza y placer, solo fui eso, una victima mas de los engaños e invenciones de este cruel mundo inventado por si mismo.
Recuerdo la ira del ser supremo, las miradas descendiendo hacia el piso y las señales negativas de mis compañeros, mi voz rota pidiendo clemencia… una expulsión y luego esta eterna soledad.
Al principio no lo podía soportar, salía por las noches y buscaba la inocencia para apoderarme de ella y de esa manera regresar a mi palacio, la encontraba en aquellos niños que dormían tranquilamente, los tomaba y me los llevaba para aprender de ellos, pero al parecer todo ser viviente que llevaba tiempo junto a mi quedaba presa de una rara maldición: poco a poco se transformaban en seres malignos que disfrutaban del sufrimiento humano, algunos escaparon, pero otros me tomaron cariño y se quedaron junto a mí.
Ellos me contaban que tal vez encontraría la inocencia en mujeres vírgenes, así que empezaron a traerme una y otra, pero todas ellas morían presas del pánico y del horror que les producía mi presencia.
Así que decidí dejar de hacer daño y resignarme a mi condena, cada cierto tiempo viene uno como yo a atormentarme con predicciones y señales que antecederán el término de mi pena, al final de los tiempos dice… la puerta del castillo se abrirá y tendré que salir.
Hoy he despertado y la he encontrado abierta, me he preguntado una vez más que habría afuera ahora y con mucho miedo he decidido salir: a encontrar mi destino, a iniciar una nueva etapa, o tal vez a terminarla… eso no lo sé.
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