sábado, 26 de marzo de 2011

OTOÑO

Me gustaría pasar mis tardes viendo el atardecer, sentado en mi ventana o en algún balcón de alguna casa vieja y desolada, me gustaría que todas esas tardes sean de otoño y me gustaría que el otoño se presentara siempre con tonalidades doradas y mucho viento, viento que fuerce a las hojas de los árboles a bailar una danza crepuscular.

Me sentaría en un sillón antiguo de tres patas con un café y un buen libro, disfrutaría de la lectura a la luz del crepúsculo y devoraría, página por página, las historias que me contaría el libro de turno: correría, quien sabe, imaginariamente, por campos llenos de ganado glopando guiados por los vaqueros o me escaparía de las balas lloviendo del cielo en una persecución policial o peor aún, me ocultaría de las bombas y torpedos de una guerra del fin del mundo.

Me acurrucaría al pecho de una musa y disfrutaría sus lecturas de poesía, largas y adormilantes. Viajaríamos al fondo del mar, a aquellos palacios construidos completamente en mármol y piedras preciosas, oiríamos el canto de las sirenas y los coros de ballenas dentro de un mundo oscuro y apasionante.

Me gustaría pasar mis tardes de otoño así, sintiendo las horas pasar una a una, susurrándome al oído e inspirándome historias locas y aburridas; me gustaría pasarlas sintiendo al sol posarse suave sobre mi rostro y extrañando a la lluvia; me gustaría pasarlas dejándome llevar por mi mente hacia países exóticos, llenos de mujeres hermosas que bailan al sol y que me otorguen el espectáculo de sus siluetas contoneándose rítmicamente.

Me gustaría ver morir todos los días al sol y morirme con él, para amanecer juntos al día siguiente… con mucha fuerza y energía para seguir adelante. Me gustaría casarme con la luna para poder sufrir los estragos y ansias de un amor imposible, me gustaría escribir mi nombre en cada gota de lluvia que caiga durante el verano para así, quedarme impregnado en la tierra durante el resto del año.

Quisiera ser eterno y ausente, como los duendes que corren junto al viento y nadan en las quebradas de los ríos. Me gustaría ser una vela que nunca se apaga, una flor que nunca se marchita un alma que siempre vibra y permanece incólume.

Quisiera, por último, abandonarme a la voluntad de mis sueños reclinado en aquel sillón y arropado con la manta de mi niñez. Dormir el sueño de los justos e hibernar durante el otoño, dejando pasar mis días de paz con la fluidez y energía con las que un río termina sus días para unirse al mar.

1 comentario:

Manuel_Delgado dijo...

ahora, mas que nunca, quisiera realizar todo ello... lo necesito, me necesito a mi mismo de vuelta...